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Matadero: Sitio donde se crea y promueve el arte destinado al abasto público - 15-05-2012
La primera vez que lo vi era una niña, cruzaba el puente de Andalucía en el veintidós y le pregunté a mi padre qué era ese edificio, quedé sorprendida con él. Hoy, después de toda esta "investigación" me entusiasma, estoy orgullosa de tenerlo en mi ciudad y sin duda lo incluiría como imprescindible en las guías de Madrid.En este número vuelvo a La Gatera de la Villa con el reto de escribir sobre el Matadero. A pesar de tenerlo muy cerca aún no ha sido protagonista de mi blog, y no es por falta de ganas, más bien por todo lo contrario, hay tanto que contar sobre él que no se muy bien por donde empezar ¿arquitectura?¿historia?¿arte?. Todo se mezcla en este gigante neomudéjar de piedra berroqueña y ladrillo rematado con cerámica vidriada. 165.415 metros cuadrados repartidos en 48 espacios.
Es en 1911 cuando comienzan las obras del nuevo matadero municipal y mercado de ganado de la ciudad. El lugar escogido para él es la dehesa de la Arganzuela, a las afueras, junto al río, donde pastaban las reses. Los encargados del proyecto fueron J. Eugenio Ribera, ingeniero y pionero en el uso del hormigón armado en España y el arquitecto municipal Luis Bellido y González que nos dejó otras joyitas como la rehabilitación de la Torre de los Lujanes de la plaza de la Villa o la encantadora Casa dos Portugueses que se asoma a Gran Vía desde la calle del Caballero de Gracia. Antes de comenzar las obras, el propio arquitecto viajó a varias capitales europeas para tomar ideas de sus mercados y mataderos basándose finalmente en los que había visto en Alemania. El dato me resulta curioso pues el edificio y el uso al que está destinado actualmente siempre me ha hecho pensar en los centros culturales alternativos tan famosos de Berlín.
Su construcción influye también y mucho en la vida madrileña. Por lo pronto, esa zona alejada comienza a poblarse con los propios trabajadores, administrativos y matarifes, a los que se les construyen pequeñas viviendas frente al complejo. Esos pisitos amarillos que ocupan en triángulo parte del Paseo de la Chopera y de las Delicias conocidos como la Colonia del pico del pañuelo.
Pero no solo crece el barrio, también crece la gastronomía madrileña. Es en la posguerra cuando mujeres humildes acuden a las naves en busca de los despojos de las matanzas (tripas, casquería...) con los que alimentarse e incluso ganar algún dinero. Improvisan pequeños quioscos donde fríen y venden estas delicatessen castizas muy presentes hoy en nuestras verbenas, los famosos entresijos y gallinejas. Incluso Galdós las cita en Fortunata y Jacinta. "Era la vecina del bohardillón, llamada comúnmente la gallinejera, por tener puesto de gallineja y fritanga en la esquina de la Arganzuela".
Casi sesenta años estuvo en funcionamiento, pero las quejas de los ya muchos vecinos y la inversión que supone actualizar las instalaciones según nuevas normativas de la comunidad europea para el tratamiento de la carne da lugar al cierre definitivo en 1996 trasladándose su actividad a Mercamadrid. Es entonces cuando se empieza a pensar en su transformación. La palabra Matadero en Madrid va a dejar de significar degüello y sangre para evocarnos modernidad y espacio cultural.
Empezamos el recorrido bajando por el Paseo de la Chopera hacia la Plaza de Legazpi. Lo primero que nos encontramos son los establos. Donde antes había vacas hermosas ahora bailan esbeltos cisnes del Ballet Nacional de España y la Compañía Nacional de Danza que tienen aquí su sede desde 1991.Practicamente al lado lo que fue el mercado de ganados y almacén de patatas se remodeló para convertirlo en un invernadero con cuatro microclimas diferenciados donde fotografiar flora tropical, subtropical y desértica además de varios acuarios. Es un bonito palacio de cristal y acero de estilo decimonónico que pasa desapercibido en la ciudad pero que llama bastante la atención al pasear junto al río y que además podemos visitar gratis de martes a domingo.
Llegamos a la Casa del Reloj, dónde se encontraba el despacho del director y las oficinas en que se realizaban los trámites administrativos y la contratación de trabajadores. Tenía también un restaurante y una biblioteca especializada en veterinaria.
Hoy es centro cultural y junta municipal del distrito de Arganzuela, y me atrevería a decir que el edificio más emblemático y encantador del barrio.Nos acercamos ya a la zona de la chicha. El Matadero de verdad. Accedemos por el número 14 del paseo de la Chopera para encontrarnos en un amplio vestíbulo en lo que fue parte de la nave frigorífica, de hecho las puertas para acceder a él tanto desde la entrada como desde el patio tienen las características cortinas plásticas de dichas naves.
Si optamos por el pasillo de la derecha entraremos en "Intermediae" que se define como un laboratorio de producción de proyectos e innovación social. Está abierto a cualquiera que desee participar en la promoción de la cultura, para todos los vecinos, para todo interesado en temas culturales ya sea creador o investigador, profesional o amateur.
Si vamos hacia la izquierda entramos en "Abierto x obras", al servicio de los artistas visuales que utilizan el espacio, el tiempo y la percepción como parte de su obra y que exigen la intromisión del público para su total significado. La relación entre el arte y el lugar. Así, ha albergado instalaciones de Francisco Tropa, Pablo Valbuena o el singular Jannis Kounellis. Personalmente me parece la sala más sobrecogedora pero atractiva, donde realmente se siente el pasado. Una antigua nave que contenía hielo en la que hoy se ven las huellas del fuego en el que ardió hace unos años. Merece una visita independientemente de la obra que albergue.
Junto a ella, la "Central del diseño" gestionada por la Fundación de diseñadores de Madrid y dedicada a todo lo relacionado con el diseño gráfico, industrial o de interior. A menudo también se imparten cursos de formación para profesionales y pymes. Además se realizan actividades divulgativas e incluso talleres infantiles. El logotipo que identifica al Matadero efectivamente salió de este congelador que antes mantenía los huevos frescos.
Llegamos a la "Cineteca". Dedicada exclusivamente al cine de no ficción es además la sede del festival internacional Documenta Madrid que goza de gran expectación entre los madrileños. Está compuesta por una gran sala de proyección llamada Sala Azcona en memoria al genial guionista de "El verdugo" o "El bosque animado"; un amplio plató de rodaje único en la ciudad; el archivo del festival con los 7000 títulos que han participado en él desde sus inicios en 2004 a entera disposición del visitante; y la Sala B donde los creadores pueden dar luz a sus proyectos e ideas siempre que sean de no ficción.
Y una vez saciada nuestra curiosidad cinematográfica nos podemos sentar en una de las mesas de la cantina a tomar un refresco al calor de la antigua caldera que hoy solo decora.
Salimos por la calle Matadero para recorrer ahora las naves de degüello. En la de lanar tenemos las "Naves del Español". 5900m2 rehabilitados para disfrutar del teatro y experimentar con las artes escénicas. El año pasado Viggo Mortensen, si, si, Aragorn, estuvo trabajando aquí. Es quizá el espacio más conocido o como dicen en su página la piedra angular del proyecto.
En la de terneras, se encuentra la cafetería, perteneciente también a las naves del español y donde se representan obras más pequeñas: conciertos, music hall... Esta es quizá las más moderna y estética, algo tendrá que ver que la hayan decorado dos escenógrafos, Juan Sanz y Miguel Angel Coso. Aún sin que haya representación apetece sentarse a tomar unas cervezas pero si prefieres que te de el aire puedes salir a su terraza. Ideal para ir con niños puesto que pueden campar a sus anchas en Plaza Matadero.Y en las de vacuno, dónde pasaban de 400 a 500 cabezas diarias, ahora las cabezas son pensantes. Es el punto de encuentro de los apasionados de la literatura. ¿No os ha pasado alguna vez que necesitáis a alguien que comprenda lo que habéis sentido leyendo un determinado libro? Pues este es el lugar para encontrarlo. Pretende fomentar la lectura no solo como entretenimiento también como herramienta para aprender a tomar las decisiones acertadas. Leer es crear futuro.
Justo detrás están las naves de exposición de ganado, que actualmente también son salas de exposición pero de arte contemporáneo, concretamente son la sede de la Fundación Arco que promueve el coleccionismo de este tipo de arte un tanto controvertido.
Quizá sean las más impresionantes arquitectónicamente hablando con techos muy alto y gigantes ventanales.La nave gemela, también de exposición, está dedicada a lo que nos faltaba, la Nave de música. La conforman un pequeño estudio de grabación, un estudio de radio y un escenario para pequeños conciertos. Lugar imprescindible para el día de la música que se celebra en Junio. Pero lo más interesante es que dispone de varios locales de ensayo que podrán ser alquilados por músicos en potencia. Imagino los titulares de la prensa extranjera para la entrevista de una nueva banda de gatos que pega en todo el mundo: "Ensayábamos en un matadero".
Todo esto son muchos datos, muchas palabras e impresiones propias, pero lo mejor es acercarse un día tranquilamente a conocerlo, no hace falta pasarse las horas muertas viendo cada obra o asistiendo a cada charla, simplemente hay que dejarse llevar por el lugar y observar la cantidad de posibilidades de ocio que ofrece. La primera vez que lo vi era una niña, cruzaba el puente de Andalucía en el veintidós y le pregunté a mi padre qué era ese edificio, quedé sorprendida con él. Hoy, después de toda esta "investigación" me entusiasma, estoy orgullosa de tenerlo en mi ciudad y sin duda lo incluiría como imprescindible en las guías de Madrid.
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De Cuatro Caminos al Top 40: ascensión, caída y ¿resurrección? de los tres Mecano.(I) - 10-05-2012
Comenzamos aquí la historia del grupo Mecano, uno de los grupos de música pop más emblemáticos de la historia de España.Introducción
En la noche del 24 al 25 de noviembre de 2011, el periodista Juan Antonio Abellán, de Punto Radio, anunció urbi et orbi la reunión, para algún momento del año 2012, de uno de los grupos de música pop más emblemáticos de la historia de España, que fue capaz de mover afectos y odios como ningún otro. La noticia ha hecho correr verdaderos ríos de tinta, y la cadena de comunicados y desmentidos que se produjo en las semanas siguientes no ha hecho sino aumentar la confusión. Lo que sí demostró la noticia, tanto si se confirma su veracidad como si acaba siendo un bulo o un globo-sonda más, es que el interés por todo lo que rodee a estos tres madrileños nacidos entre 1959 y 1963 no ha decaído como auguraban sus detractores hace tiempo.
Este esbozo de biografía no es un panegírico en favor de Mecano. Tampoco es un panfleto para ponerles a caer de un burro. El autor confiesa que hay en ellos más cosas que le gustan que cosas que le disgusten, pero aun así procurará ser lo más ecuánime que pueda ser. El propósito por el que se ha movido esta Gatera electrónica en sus ya tres años de vida ha sido poner al alcance de los madrileños el mayor número posible de datos sobre la historia de su ciudad y de su región, y desde luego, si la aparición de unas personas que logran poner en circulación 25 millones de discos en varios continentes no es un acontecimiento destacable en la cronología de la Villa y Corte, pues que venga Dios y lo vea. Hasta que el Real Madrid no salió de su atonía en los años 90 y no volvió a ganar copas de Europa como en los tiempos de don Santiago Bernabéu, no habíamos tenido unos embajadores populares tan populares como estos. Los goles de Cristiano Ronaldo, aun espectaculares, son efímeros, pero algunas canciones ya están grabadas a fuego en la memoria de varias generaciones.
El paso del tiempo es un filtro muy sabio, que va poniendo a todos en su sitio. Del centenar de canciones que compone el fondo musical de Mecano entre material publicado de manera regular en los discos primitivos, y maquetas e inéditos divulgados en los años posteriores, hay muchas que a día de hoy pueden producir risa o sonrojo (al fin y al cabo no eran otra cosa que la diversión de tres chavales que querían pasárselo bien en una ciudad que quería pasárselo bien) pero hay otras que ya han ingresado por méritos propios en el “standard” español de la música popular. Las cantan los colegios en las excursiones de sus chavales a la Sierra. Las tararea la gente en la ducha. Las utilizan profesores de español en países extranjeros para que los estudiantes se pongan al día de los vericuetos de nuestra sintaxis...
¿Que tenían su punto hortera en ocasiones? Cierto es. También es una horterada suprema el suplemento verde que le pusieron a las torres de la plaza de Colón, y también es una horterada el Museo de Colecciones Reales, que ha colocado en la zona más noble y cargada de historia de la ciudad un mamotreto similar a un radiador de calefacción gigante, así que por lo menos, si tienen que venir horteradas, que sean inocuas.
1. Tres chicos por Raimundo Fernández Villaverde.
Había una vez un barrio cualquiera, en una ciudad cualquiera de un país cualquiera. Finales de la década de 1970. La década prodigiosa había sido la de los 60 en la mayoría de países, mas en este lugar de nuestra historia los prodigios se estaban todavía gestando, por aquello del desfase histórico que solíamos arrastrar los españolitos en los siglos XIX y XX. De momento, tras un pasado turbulento de algaradas políticas y militares, aquel país llamado España trataba de desperezarse como podía.
El barrio del que van a surgir nuestros personajes tenía unos límites medianamente definidos, que podríamos situar mas o menos entre la glorieta de los Cuatro Caminos, la calle de los Artistas, el complejo de rascacielos del AZCA, en el que ya florecían algunas torres como la hoy desaparecida Windsor, pero que contaba con un enorme espacio vacío, la plaza de Pablo Ruiz Picasso, donde crecería más tarde otra torre, igualmente bautizada en honor al pintor malagueño. La siguiente linde de nuestro barrio la formaba por Oriente el paseo de la Castellana, y el círculo se cerraba por tierras chamberileras de la zona de la escuela de ingenieros de Minas, la calle de Ríos Rosas y las grandes calles que bajan hacia el corazón de la urbe, la de Santa Engracia y la de Bravo Murillo.
Eje fundamental de los comienzos de esta historia es la calle de Raimundo Fernández Villaverde, que honra a un economista de tiempos pasados y que es una de las edificadas sobre el antiguo Foso del Ensanche del siglo XIX. En esta calle de don Raimundo hay un enorme edificio, el Hospital Obrero de la esquina de Maudes, que es obra del arquitecto Antonio Palacios, el mismo del palacio de Correos de la Cibeles, pero que se encuentra por entonces semiabandonado[1]. Su aspecto de castillo hace que sea un lugar frecuentado por los niños del barrio para imaginar mil historias de buenos y de malos, de piratas y de héroes.
Por otras zonas anda la Jamonería Salamanca. El Cine Regio[2]. Algunos bares a donde llegan las primeras máquinas recreativas de videojuegos. En el desnivel de la calle de don Raimundo con la de los Artistas hay escalinatas de piedra, como la de Don Quijote y la de Dulcinea, en las que conviven imprentas tradicionales con arcos tapiados tras los que se adivinan entradas a refugios antiaéreos que cobijaban a los madrileños durante los bombardeos de la Guerra Incivil.
Llegamos un poco más abajo. Por medio de lo que ahora es el distrito de Tetuán hay una frontera sociológica, la que divide las antiguas casitas de dos o cuatro plantas nacidas en la orilla oriental de la calle de Bravo Murillo de los modernos bloques de los años 60 y 70 que rodean al complejo AZCA y que son la avanzadilla del escenario por el que conviven los personajes de la Costa Fleming de la novela de Ángel Palomino: empresarios, oficinistas de altos vuelos, especuladores del hormigón, los tecnócratas y sus queridas. Casi lindando con esta frontera hay una zona que no se ajusta bien a un arquetipo ni al otro, en la que tenemos las ruinas de la Colonia Maudes, armoniosas casas que habían sido demolidas para dar lugar a un solar vallado en el que la constructora JOTSA colocó un cartel azul: Faltan X días para la terminación de esta obra. Cada día, un obrero iría cambiando a mano unas placas con números, al estilo de los marcadores de los campos de fútbol primitivos, para indicar lo que faltaba para terminar la obra, que unos años después daría lugar a los bloques de viviendas denominados Géminis I y Géminis II, situados en la orilla sur de la calle de don Raimundo. Al lado del cartel de la JOTSA pasan unos autobuses amarillos: son los de la Continental-Auto, que en la vecina calle de Alenza tiene su estación para unir Madrid con varias capitales del Norte de España como Burgos y Santander[3].
Enfrente del solar del futuro Géminis, y enfrente de por donde está girando el autobús de Madrid a Santander para abandonar la calle de Alenza y unirse a la de don Raimundo, tenemos un moderno edificio de ladrillo, en la acera norte de esta última vía. Es el bloque formado por los números 43 y 45 de la calle de Raimundo Fernández Villaverde. Entonces eran dos portales del mismo edificio, completamente idénticos[4].
Y hemos llegado por fin al inicio de nuestra historia.
En este portal número 45 de la calle de Raimundo Fernandez Villaverde vive la familia de los Torroja. El viejo patriarca, don Eduardo Torroja Miret, había muerto en 1961, y es todavía hoy un personaje clave de la ingeniería española. Uno de los pioneros del hormigón armado, a él se deben las cubiertas del Hipódromo de la Zarzuela, el desaparecido Frontón Recoletos o las bóvedas de la estación de la Renfe de los Nuevos Ministerios, no muy lejos de allí. Fuera de Madrid se le deben monumentos físicos, como mercados o acueductos, y monumentos intelectuales, como la póstuma Instrucción para el proyecto, construcción y explotación de Grandes Presas, documento destinado a evitar catástrofes como la que años antes había anegado el pueblo zamorano de Ribadelago por errores y chapuzas en la construcción de la presa de Vega de Tera[5]. Los méritos de don Eduardo fueron recompensados por el Estado con un título de marqués.
El hijo de don Eduardo es José Antonio Torroja Cavanilles, otro ingeniero de caminos, autor del Puente de Róntegui en Baracaldo, que también llegará a alcanzar un gran prestigio. Será muchos años director de la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid, de la Revista de Obras Públicas e intervendrá en asuntos como el diseño de traviesas de ferrocarril aptas para el cambio de ancho de vía al sistema europeo (que se decidirá finalmente en el año 1988) . José Antonio y su mujer (que fallecerá muy prematuramente, en 1985) tendrán la compañía de varios hijos que, en esos momentos de transición de la década del 70 a la del 80, alegran la vida del vecindario de ese portal 45 de la calle de don Raimundo Fernández Villaverde. Están, entre otros, Jaime, que hará alguna tentativa en la música pop con un grupo llamado Doctor Livingstone, supongo. Está Celia, que por entonces trabaja en la Espasa-Calpe de la carretera de Fuencarral a Alcobendas, y está Ana. Su nombre completo es Ana Torroja Fungairiño[6], y había nacido un 28 de diciembre de 1959 en la clínica de La Milagrosa, a algunos centenares de metros al sureste de aquella casa. Desde pequeñita tendrá que acostumbrarse a las bromas derivadas de haber nacido en el día de los Inocentes, pero parece llevarlo con filosofía.
En la casa de los ingenieros hay un piano, y en las fiestas familiares no es raro que Ana acabe cantando la canción francesa Frère Jacques. A Ana le pilla la época de transición a partir de la cual en las escuelas españolas se deja de enseñar mayoritariamente el idioma de Balzac para dar paso al de Shakespeare, que viene pegando fuerte muy arropado por la ciencia y la tecnología. En el año 1979 Ana acaba de cumplir veinte primaveras y se desenvuelve con bastante soltura por aquella ciudad, aquel barril de cerveza a punto de estallar que diría Javier Gurruchaga.
El barril acaba estallando. Los deseos de modernización de España tras las décadas trágicas de la guerra y de la dictadura militar se hacen realidad, y al estallido del barril contribuye la agitación hecha desde varios puntos y circunstancias, caso de la presencia de músicos argentinos exiliados de la otra dictadura, la de Videla, caso de la llegada al Ayuntamiento de Madrid del intelectual Enrique Tierno Galván, caso de la labor previa hecha por pioneros como Miguel Ríos para acercar a las masas músicas que se salgan de las interpretaciones más casposas de la copla y el flamenco (casposidades que habían logrado desprestigiar al flamenco de verdad).
El estallido del barril tiene algunos efectos negativos, como el desprecio de los entonces jóvenes a otras tradiciones musicales previas, como la italiana procedente del festival de San Remo, o el desbordamiento del consumo de drogas. Pero es el signo de los tiempos. El fin del aislamiento internacional hace que todos los fenómenos culturales que habían aparecido a lo largo de los años 60 y 70 en los países democráticos irrumpan de golpe y de manera incontrolada en la España de 1979. Se mezclan los hippies de excesivo optimismo en el porvenir de la era de Acuario con los punkies del “no hay futuro”. Los heavies con los rockers. Los poperos melódicos con los primeros balbuceos del tecno. Aquello era un galimatías, pero en líneas generales funcionó bastante bien, y de hecho hoy en día es recordado como “los buenos tiempos” a la espera de que algún nuevo cataclismo cultural nos traiga un golpe de aire fresco similar.
No es bueno que la mujer esté sola, y enseguida Ana comienza a hacer muy buenas migas con un chaval, que vive por la calle de Ríos Rosas y que se llama José María Cano Andrés. Ha nacido en la Villa y Corte el 21 de febrero de 1959, pero la familia viene de Zalamea de la Serena, población de bastante importancia de la provincia de Badajoz.
El chico también tiene inquietudes por las artes, aunque todavía duda si meterse en la música o en la pintura. Acude a veces por una academia llamada Artaquio, que forma pintores y dibujantes en la calle del Marqués de Lema, una de las que mantienen el viejo pavimento de adoquines a poca distancia de la glorieta de los Cuatro Caminos. Las abuelitas bienpensantes de los bloques números 9 y 11, los más antiguos de esa corta vía[7], desconfían de la academia porque ven tras ella la mano siniestra de los “hippies”, como llaman en bloque a toda la gente rara y moderna, sean hippies, mods, rockers o lo que sean.
Las primeras influencias musicales de Ana y José van por senderos neo-folkies y de cantautores inclasificables, como el de las geniales Vainica Doble (Carmen Santonja y Elena Van Aersen). También se dejan ver por algún homenaje a la líder comunista Dolores Ibárruri, regresada del exilio, pues la familia Cano tenía varios republicanos entre sus miembros. Paradójicamente, cuando el proyecto de montar una banda musical estable se haya hecho realidad, el ala del grupo más adscribible a algún tipo de “progresismo” corresponderá al tercer miembro, Nacho, del que vamos a hablar enseguida, mientras que José hará el papel de “conservador”, entre comillas los dos términos porque en realidad ambos, cada uno en su estilo, han sido bastante críticos cuando no directamente satíricos, con las vanidades de la clase política nacional.
Televisión Española, de la que se decía que era la mejor televisión de España (era la única) tenía ya algún programa musical relevante. José fue elegido por TVE para participar en el programa Gente Joven[8] actuando bajo el nombre de José María Cano y amigos. En ese primer contacto con el mundo televisivo, la pareja Cano-Torroja, que por entonces lo era en el terreno tanto artístico como sentimental, interpretó junto a Nacho la canción propia ¿Qué haces tú en el mundo? compuesta por él mismo, y una versión de Al alba, de Luis Eduardo Aute[9].
Los árboles de Madrid, especialmente en barrios cercanos a la Ciudad Universitaria o al otro campus de la Complutense, el de Somosaguas, eran utilizados como improvisados tablones publicitarios para anunciar fiestas organizadas por los estudiantes de las diversas carreras. La Politécnica tampoco se quedaba atrás en estos eventos, y conforme más se acercaba uno a los recintos universitarios, más disponían los árboles de una segunda corteza superpuesta a la suya natural, formada por carteles fotocopiados de esta índole, y por miles de grapas de los anteriores carteles que la lluvia, el sol o los empleados de limpieza del Ayuntamiento iban retirando. Si hoy en día queda vida vegetal en pie en la Avenida de la Moncloa (corredor natural de comunicación entre Cuatro Caminos y las universidades) es sin duda porque la madre Naturaleza dispone de mecanismos de autorregeneración impresionantes frente a las perrerías que le hacemos los humanos.
Por este circuito de fiestas universitarias se movía el grupo, que ya era un trío, pues el hermano pequeño de José, es decir, Ignacio Cano Andrés (Madrid, 25 de febrero de 1963), se les había unido de manera formal. Ana y José tuvieron inquietudes por los estudios superiores, la una por la Economía y el otro por la Arquitectura, de la que llegó a hacer algunos cursos en la Universitat Politécnica de Valencia, circunstancia que será muy significativa por la relación que tendría nuevamente muchos años después con esta capital mediterránea. Nacho, en cambio, tenía claro que su vocación era la música. Se había educado en los jesuítas de Nuestra Señora del Recuerdo, en el antiguo pueblo de Chamartín, considerados una de las órdenes más avanzadas y culturetas de la Iglesia Católica, y le estaba pillando de lleno la irrupción de la estética tecno y de los primeros ordenadores aptos para el mercado doméstico. Desde ese momento hasta la actualidad la relación entre los dos hermanos ha pasado por diversos altibajos, pero por lo general Nacho ha supuesto la vena vitalista y de ritmos rápidos de la banda, y José el contrapeso serio y pausado. A efectos musicales, la inspiración del hermano pequeño vendría de las corrientes anglosajonas, y la del hermano mayor sería más latinizante. Ya entonces Ana tuvo que hacer de mediadora en algunas disputas.
José colaboraba en la letra española de la sintonía de una serie de animación francesa que se emitía por TVE: Ulises XXXI, que mezclaba el mundo homérico con la ciencia-ficción. El salto definitivo al mundo discográfico les vino de la mano de personajes como Gonzalo Garrido, DJ del bar Honky Tonk[10], como el excéntrico jiennense Francisco Miñarro, Paco Clavel para los amigos, o como el polémico cazatalentos Miguel Ángel Arenas, alias “Capi”, y consiguieron la publicación de un single bajo el sello de la Columbia Broadcasting System, la CBS para los amigos. Llegó el momento de elegir un nombre para la banda, y se descartaron varios experimentos previos como Prisma, que también había utilizado Nacho con otros colegas suyos (Nacho se movía con gente como Golpes Bajos o los que serían sus íntimos amigos de La Unión, a los que había conocido en Chamartín). Casi se elige Mecano Humano, por contener el apellido de los dos compositores y por imitación de la banda The Human League, y finalmente se quedaron con Mecano a secas, nombre casi idéntico al del juego de construcciones Meccano, al que por entonces estaba desplazando una cosa de plástico de los daneses llamada Lego[11] y que hoy solo conocen algunos iniciados.
El tema del single era Hoy no me puedo levantar, en el que en 1981 y por indicación de su primer equipo de asesores abandonaron la vena folkie-cantautoresca de sus inicios para dar inicio a la etapa de pop adolescente que iba a caracterizar la mayor parte de su producción bajo el sello CBS. La canción fue radiada en Los 40 Principales, de Radio Madrid (emisora destinada a convertirse en su gran vehículo de promoción en el futuro, de la mano del locutor Joaquín Luqui) y el disco tuvo una difusión de unos cuarenta mil ejemplares.
2. Del Palace a la eternidad.
La buena acogida que tuvo el primer single, debida más a estrategias de autopromoción hechas por la familia Cano en Madrid y Valencia que a la confianza que tenía la discográfica en el proyecto, hizo que se hicieran circular algunas canciones más en formato single, es decir, en discos de vinilo pequeños de 45 revoluciones por minuto con capacidad para una canción por cada cara, pero todavía sin el apoyo definitivo para entrar en lo que era la “primera división” de la industria musical de entonces es decir, los Long Play, LPs o álbumes de 33 revoluciones por minuto y capacidad para múltiples canciones por ambas caras. En la era del Spotify es muy necesario detallar estos conceptos técnicos, que a muchos lectores nacidos con posterioridad a la década de 1990 les sonarán seguramente a chino. El CD ya se estaba experimentando y haciendo circular para el mercado de la música clásica, pero lo que se utilizaba a nivel popular era el disco de vinilo cuando se estaba en casa, y la cinta de cassette cuando se iba en el coche, o cuando se iba por la calle con alguno de los primeros modelos de Walkman, inicialmente una marca registrada de Sony, pero que a la larga acabó designando a todos los reproductores de cassette portátiles, fueran de la marca que fueran, de igual manera que se llamaba Jeeps o Land Rovers a todos los automóviles todoterreno.
Llegó por fin la presentación en el hotel Palace del primer LP, el 5 de abril de 1982, con su equivalente en cinta de cassette, titulado Mecano a secas y con una curiosa estética en su portada y contenido interior que mezclaba un reloj con elementos de arquitectura neoclásica (algunos folletos de promoción de entonces mezclaban esos elementos con otros bastante más horteras). Dos días antes, Mecano había ofrecido su primera actuación en directo, en la Discoteca Dream's Village en Pinedo, a las afueras de Valencia[12].
Para el 9 de mayo había habido alguna actuación más por la zona valenciana, y el LP había vendido 70.000 ejemplares[13]... y durante el resto del año 82 superó el medio millón. Lo que había surgido poco menos que como una diversión de estudiantes se había convertido en una mina de oro para la CBS. Entre las razones que llevaron a este repentino triunfo estuvieron sin duda los deseos del oyente de que le dieran “algo nuevo”, pues la escena estaba sobresaturada, por un lado, de andaluzadas cutres de años anteriores (que no hay que confundir con la verdadera alma musical de Andalucía), y por otro, por cantautores de tipo político de los años 70, entre los que destacaban seis o siete genios como Luis Pastor o Joan Manuel Serrat, pero entre los que había también verdaderas hordas de pelmazos y de oportunistas. A partir de entonces, en Madrid se puede decir que hubo dos canales principales de penetración de las nuevas músicas anglosajonas en la ciudadanía. Uno eran los grupos del estilo Mecano o La Unión, y otro era el ala más “ortodoxa” de la denominada Movida Madrileña. Algunos críticos y estetas meten todo en el mismo saco de la Movida. Otros consideran a Mecano como una alternativa a la Movida. Otros, unos traidores a la Movida. Una visión más tranquilizada por el paso del tiempo nos permite ver que en realidad, en el Madrid y en la España de la primera mitad de los 80 coexistieron varias Movidas, que unas veces se solapaban, otras coincidían y otras simplemente coexistían, dentro de un ambiente común de apertura cultural al extranjero, en el que se estaban haciendo los acercamientos fundamentales a la entonces Comunidad Económica Europea (CEE, hoy Unión Europea) tras los períodos negros de aislamientos, guerras, revueltas y cuartelazos vividos desde la era de Fernando VII (1814-1833) hasta la promulgación de la Constitución de 1978[14].
MECANO (1982) Listado de canciones.
1. Hoy no me Puedo Levantar (3:16) (N,J)
2. No me Enseñen la Lección (3:10) (N)
3. Perdido en mi Habitación (3:43) (N)
4. Cenando en París (4:14) (J)
5. Maquillaje (02:29) (N)
6. Boda en Londres (Instrumental) (03:27) (N)
7. Me Colé en una Fiesta (04:14) (N)
8. La Máquina de Vapor (03:21) (N)
9. Me Voy de Casa (02:15) (N)
10. 254-13-26[15] (4:09) (J)
11. El Fin del Mundo (5:14) (N)
12. Sólo Soy una Persona (1:46) (J)
Nota a este y posteriores listados:
(M:SS) Duración en minutos y segundos.
(J) Tema compuesto por J.M. Cano.
(N) Tema compuesto por N. Cano.Continuará...
Las fotografías que ilustran este artículo han sido obtenidas de http://www.zonamecano.com , http://musikxchange.blogspot.com.es y www.20minutos.es.
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Los apóstoles - 05-05-2012
Una curiosísima historia que aconteción en el Madrid de la Restauración y que se convirtió en un quebradero de cabeza para las autoridades.A los años de 1884 y 1885 en el peculiar sistema de la Restauración les tocó ser conservadores y a Cánovas dirigir el gobierno. Intentó que Romero Robledo ocupase el asiento de la presidencia pero no hubo forma de convencer ni a su partido ni al rey.
El cargo de Gobernador Civil de Madrid se le adjudicó a Raimundo Fernández Villaverde, al cual, aparte de los que eran presumibles, le salió un problema añadido y que seguramente no esperaba: los llamados apóstoles, unos sanadores, curanderos, ensalmadores… que le complicaron un poco la existencia.
Sería largo explicar detenidamente la situación de España en aquel bienio. Solo señalar que, aparte de los problemas clásicos y prácticamente endémicos, el tímido aumento económico de periodos anteriores sufrió un estancamiento. En lo internacional se iba adivinando la pérdida de las colonias americanas. Los fusilamientos de Gerona de los militares pro-republicanos, pasaban factura al Gobierno conservador… Se puede concluir que, como casi todos los de fines del XIX, fueron años duros. Incluso las navidades de 1884 se celebraron con un terremoto en Andalucía que dejó más de mil muertos y el año siguiente nos trajo la temida epidemia de cólera.
La historia de los apóstoles comienza en Madrid a fines de junio 1884. Los protagonistas, rápidamente llamados así, estaban instalados desde mediados de ese mes en la calle del Doctor Fourquet número 26,en un piso cedido gratuitamente por un sastre que les estaba agradecido por una cura[1], y, aparentemente, ya habían estado un tiempo en algún sitio no determinado de Chamberí [2].
Estos individuos eran Vicente Rocafull, de 50 años, oriundo de Valencia; Juan Jiménez Colomo, 60, sevillano y Rafael Vico Jiménez de 18 y de Granada y ejercían de curanderos. Su especialidad era sanar a la gente a golpe de agua que proporcionaba el enfermo, y a la cual echaban el aliento. Aderezaban la sesión con rezos, Interpelaban a la enfermedad en primera persona, y poco más.
Como se ve todo era absoluta y aparentemente inocuo, ítem más porque no cobraban ni un duro. Se conformaban con invitaciones a comer y ropa usada, negándose siempre a recibir dinero[3]. Ni que decir tiene que estas cosas en tiempos de carencia y en los que la sanidad distaba muy mucho de ser asequible para los más desfavorecidos, tienen un éxito mayúsculo. Y aquí comenzaron los dolores de cabeza del señor Gobernador de Madrid.
Las voces corrían más allá de los límites de Lavapiés y contaban que estos “santos” curaban todo aquello que los médicos eran incapaces de arreglar, desde un mal de estómago hasta las piernas de un tullido. La América se hace eco del caso de una niña impedida que tras ser “saludada” corrió tras una naranja que rodaba por el suelo[4].
Entre sus poderes estaba, igualmente, la adivinación. Así también La América cuenta el caso de un individuo que tenía los dos brazos paralizados y al que sólo sanan el izquierdo porque en su juventud había alzado la mano derecha a su padre, o el de una mujer cuya hija se negó a beber en su casa el agua en que había soplado el curandero, vertiéndola en un tiesto con una planta mustia. Pasado el tiempo la planta se pone rozagante y la joven cada vez mas enferma. Cuando acude a pedir ayuda nuevamente, ocultando lo ocurrido, ellos la dicen lo que hizo y anuncian que su hija morirá en veinte días, que son las flores nuevas que ha echado la planta desde que fuese regada con el agua bendecida.
Se tenían por meros propagadores de la fe cristiana no dando a sus curaciones mayor mérito. Mantenían la teoría de que los males, como los humanos, tienen alma y que su ciencia consistía en charlar con el espíritu de la enfermedad para convencerle de que abandonase el cuerpo del mortal. Rechazaban el espiritismo, aunque esto no impide que Vicente Rocafull le asegurase al periodista de El Imparcial que hacia poco que había mantenido una charla con el espíritu del Cardenal Cisneros[5].
Se especuló[6] con que formaban parte de una secta de doce (de aquí el nombre), con origen en Sevilla, y que su instructor era un farmacéutico cuya biblioteca había servido para enseñarles la ciencia. La tal farmacia no existía al tiempo que acontecen estos hechos y los doce, decían, estaban dispersos por el orbe, uno de ellos en El Cairo intentando atajar la epidemia de cólera. Y tal vez no fuese mentira lo del “embajador” en Egipto porque La Correspondencia de España del 26 de julio da razón de la existencia allí de un apóstol similar a los madrileños ejerciendo con gran éxito.
La cantidad de “fieles devotos” era numerosa y crecía. Tenían tal predicamento que no se admitía la crítica en contrario, y a un boticario que se le ocurrió hablar mal de ellos y sus métodos se le apedreó el establecimiento, no dejándole ni un cristal ni un frasco sano y a su mujer con lesiones[7].
La bomba estalló el 27 de junio, cuando a las dos de la madrugada la gente empezó a hacer cola para ser atendidos a las nueve de la mañana, hora en que abría la consulta. Se rumoreaba que se iba a clausurar el despacho y a las once la calle del Doctor Fourquet estaba taponada por seguidores que se peleaban por un puesto en la fila. Sucedió lo lógico, la intervención de la autoridad pública, y fue tal el lío que se precisaron representantes de primer orden. Aparte del Coronel Oliver, de Palma, su ayudante, del Teniente del Cuerpo de Seguridad, y de una cantidad considerable de agentes tuvo que hacer acto de presencia el mismísimo Fernández Villaverde.
El orden público no era el único motivo para la intervención de las autoridades ya que el Subdelegado de Medicina de la zona había presentado denuncia. Obviamente los médicos no estaban dispuestos a perder clientela.
Las autoridades decidieron que lo más consecuente era trasladar a los curanderos al Gobierno Civil. Los devotos se lo maliciaron y la bronca creció: mujeres arrodilladas suplicaban que no fuesen detenidos, otras se abalanzaron sobre el Coronel Oliver y le destrozaron la levita y alguien lanzó un botijo a la cabeza de su auxiliar dejándole fuera de juego.
Fueron necesarios ochenta guardias para arrestarlos. A dos los llevaron caminando entre gritos y amenazas a los agentes por parte de los aglomerados, mayoritariamente mujeres[8], y el tercero, Rafael Jiménez, por ser menor, fue introducido en el coche de Villaverde, vehículo que no se libró de golpes y patadas que causaron diversos desperfectos.
La masa inicial crecía por momentos y cuando llegaron a Gobernación habría unas ochocientas personas pidiendo libertad para los ensalmadores. Pero lo que decidió Fernández Villaverde, tras interrogarles, fue mandarlos a la Cárcel Modelo. Para ello se dispuso una compañía de guardias, armada con carabinas Eran ya las cinco de la tarde y el gentío pasaba de mil personas alteradas, insultando y apedreando a los agentes, que desenvainaron varias veces los machetes para poder avanzar.
Se supo que las temibles cigarreras preparaban una manifestación para pedir libertad para los reos y el Gobernador se trasladó a la Fábrica de Tabacos para calmarlas y evitar una algarada mayor.
De nuevo llevaron a los presos al Gobierno Civil y de madrugada se les liberó por no apreciarles más delito que el de intrusismo profesional lo cual no justificaba los desordenes que se estaban dando. A cambio se les impuso el destierro de Madrid. Se avinieron los dos mayores, no así Rafael que quería seguir ejerciendo aquí.
A esas horas había comenzado una pelea política y social donde la prensa se volcó de lleno. De todos los lados del espectro ideológico se utilizó a estos personajes como arma arrojadiza. Lo más criticado fue la incultura y el atraso achacados a sus seguidores. Chocaba que en un siglo de progreso para unos y de descreimiento para otros se diese este brote de fanatismo que creía a pies juntillas en la curación por medios tan inverosímiles como un soplo en un vaso de agua. El Liberal indica que estos personajes son comunes en las zonas rurales, pero no en la capital, y hace votos para que Madrid no se contamine con la superstición[9].
Para unos era el ejemplo del caos al que conducía el sistema político y el gobierno conservador. Por ejemplo La República dice “Milagros, asesinatos, suicidios, ejecuciones en garrote, fusilamientos, curanderos, estafas, desfalcos, crueldad, miseria, ignorancia, superstición y despilfarro por saciar salvajes instintos: he aquí lo que España ha conseguido desde 1875. ¿Puede aspirar a más un pueblo de África? ¡Pobre España!”[10]. Desde otro el otro lado La Unión decía “El pueblo necesita creer en algo, y cuando le arrancan las creencias religiosas y saludables da en estas otras a todas luces malas”[11]. A lo cual respondían en El Globo con “Hoy se pone en libertad a los apóstoles de Lavapiés; en los siglos XVII y XVIII hubiesen sido tostados en las hogueras de la Inquisición, o hubieran sido conducidos en triunfo a algún convento para milagrear por contrata”[12].
Ortega Munilla dijo que lo que suministraban era imaginación y fe, algo suficiente para curar en un tiempo sin pan, para acabar sentenciando que el nombre real de los tres apóstoles es conocido desde hace siglos: “superstición, ignorancia y miseria”[13]. En Los Dominicales del Libre Pensamiento preguntan sobre la real diferencia entre los apóstoles bíblicos y estos, llegando a especular sobre si las generaciones futuras acaben adorando las reliquias de los de este siglo[14] y La Discusión carga directamente contra el Gobierno al decir “Ha hecho bien el Sr. Villaverde en echar de Madrid a los tres apóstoles, para que aquí no quede en esta época nada que recuerde al Evangelio”[15]. Para El Día todo es producto de una sociedad sin educación y no sólo es el pueblo llano, el ignorante porque hay más casos de “oscurantismo” en la sociedad madrileña, citando a una echadora de cartas ubicada en el centro y con nutrida clientela.
No faltó quien le viese la vena cómica al asunto y proclamase que si el agua de los apóstoles era tan milagrosa lo que había que hacer era suministrarla a los gobernantes para que atinasen a curar los males patrios[16]. Incluso se estrenó en el Teatro del Príncipe Alfonso una obrilla teatral humorística llamada “Los Apóstoles” que hacía mofa del asunto y que no tuvo éxito.
Volvamos con nuestros protagonistas. No se les podía desterrar inmediatamente porque antes debían responder ante la justicia por desacato a la autoridad. Esa noche no se les dejó entrar en Lavapiés y pernoctaron dos en el nº 12 de la Ribera de Curtidores, separándose el más joven yéndose a otra casa.
Mientras, a la vuelta del Rey hacía Palacio desde la iglesia de Atocha, varias mujeres se le postraron al paso para pedirle clemencia por los milagreros, consiguiendo hacerle llegar un memorial firmado por ochenta personas.
A primera hora de la mañana la casa del Rastro estaba llena de gente cotilleando y custodiando a sus ídolos, a los cuales la policía se llevó por una puerta trasera. Hubo, otra vez, complicaciones callejeras. La muchedumbre corrió hacia Gobernación para descubrir que no estaban allí sino en los juzgados.
El peregrinar callejero siguió porque del juzgado fueron a parar al piso tercero del número 14 de la calle de la Paloma, sitio prestado por un hombre agradecido por la sanación de su mujer y que llevaba gastado en médicos cincuenta y cinco mil reales sin resultado alguno. Y aquí ¡como no! las escenas fueron parecidas a las vividas anteriormente. La situación era tal que José Almendra periodista de El Globo tuvo que soportar la persecución de parte de la gente pidiéndole milagros por medio de la calle al tomarle por uno de los curanderos [17].
Finalmente, ese primero de julio y previo desembolso de veinticinco duros por parte de Fernández Villaverde[18], para evitar más líos, se les mete con discreción en el tren. La Época, intenta defender al Gobernador, diciendo que se habían ido voluntariamente y temerosos de ser atacados por el pueblo que les acusaba de poder propagar el cólera[19].
Ya fuera de Madrid, el 9 de julio se recoge la noticia de que uno ha sido preso en Sevilla por seguir con las curaciones. Hacia el día 20 se dice que otro ha sido visto mendigando en Alcoy[20]. Rafael Vico aparece en Sevilla cuatro días más tarde asociado a otros tres socios diferentes, pasando todos a disposición judicial incluido el propietario de la casa donde ejercían. A Vicente Rocafull le duró poco el destierro: En agosto estaba otra vez en la calle del Dr. Fourquet, 32, donde se le detiene[21].
A fines de mes aparecen insistentemente en los papeles y con una diferencia: la protección de una dama de la aristocracia[22]. Esto marcará una inflexión en la historia: La autoridad no tiene tanta prisa en resolver el asunto. Parte de la prensa (La Iberia de 20/09/1884) dice que hay parejas de la Guardia Civil destinadas a controlar el orden público, pero con orden de no impedirles ejercer ¿Los médicos habían perdido un combate a causa de preferencias de la aristocracia? Pues parece ser que sí.
Ahora atendían en una especie de corral al final de Ferraz en las cercanías de la Cárcel Modelo y la gente acudía, botella de agua en ristre, bajo la atenta mirada de los guardias. El Globo protesta: “Ahora se ha impuesto la aristocracia que sigue como a principios de siglo identificada con el vulgo, y que como él dedica la mañana de los domingos a la iglesia y la tarde a los toros. Por eso los guardias civiles que antes habían atado corto a los apóstoles, hoy los defienden y velan por su industria y regularizan el despacho”[23].
El revuelo de turno, hizo que Villaverde recurriera a la prensa para defenderse y aclarar que los guardias ni les protegían ni controlaban, y que su misión no podía extralimitar la retención más allá de veinticuatro horas pero, además, se acababa de ordenar el arresto[24].
Si leemos La Correspondencia de España de 21 de septiembre vemos que la cosa no era exactamente como decía el Gobierno. Había habido una denuncia del Subdelegado de Farmacia de Centro, esta vez acompañada por la de un médico y otra vez se había alterado el orden público, ahora en Tudescos, donde se les detuvo cuando abandonaban la casa de una seguidora a la que habían ido a curar de una ceguera y, aunque en menor grado, se repitió la escandalera.
Pasa algo de lo que nos enteramos en el momento de la intervención policial: Estos apóstoles son otros. Esta segunda tanda la componen Fernando González López de 40 años natural de Vizcaínos (Burgos), Tomás Gadeo Ballester, de 47 y de Alfar de Polop (Alicante) y Juan García Serrano, de 40 y de Villanueva del Rosario en Málaga. Vivían en la calle de Embajadores, dos en el 58 y otro en una casa cercana. Que eran distintas personas estaba claro, pero no así si formaban parte de la misma secta.
Clama La Época pidiendo la intervención de la Iglesia, que hasta ahora callaba, para que los desautorice y conseguir que disminuya el número de incautos seguidores[25]. La sospecha de que estaban protegidos por aristócratas sigue en la prensa liberal que acusa a conservadores y católicos de actuar con doble rasero con lo pasado meses atrás y lo actual; también por tratar de masa ignorante e inculta a los que los seguían por las calles y callar sobre los protectores pudientes.
El Motín pide que se les deje ejercer libremente porque cuando la gente vea que sus métodos no funcionan caerán en la cuenta de que su superchería es la misma que la de los bíblicos y que la única cura es la de la medicina real, así pasaría que “Adiós entonces a los exvotos que cubren las paredes de las capillas dándoles el aspecto de una sala de disección; adiós con ellos la cera ofrecida por el doliente para alumbrar al santo milagroso, y la limosna al cura para que en misa impetre el favor del bienaventurado”[26]. Por su parte La Ilustración Católica afirmaba que esta plaga de milagreros obedece a “la política revolucionaria” y reconoce seguidores entre las clases altas. El Globo critica al Vaticano por el celo que pone en condenar al reino de Italia y a los liberales, y la tibieza que muestra en estos otros casos[27]. La República en 11 de octubre, se pregunta si existe alguna diferencia entre creer en el poder del agua magnetizada o ir a rezar a la reliquia de un santo milagrero. A lo que contestaba La Ilustración Católica que esto pasaba por haber dado la espalda a Cristo y que “El que no vea claro este estado del mundo moderno, merece ser clientela de los Apóstoles” [28].
Tras una noche en prevención los nuevos ensalmadores pasaron a disposición judicial. La vista se celebró con gran asistencia de público de todas las clases sociales, nobles incluidos, y acabó con absolución para dos de ellos y condena a Juan García, considerado el principal de los tres, por un delito de faltas a pagar las costas y a una multa de 15 pesetas, una cantidad pequeña que les hubiera sido fácil abonar, pero el condenado recurrió al igual que el fiscal.
La apelación fue el 10 de octubre y constituyó otra muestra de fervor popular. Desde una hora antes ya estaban las dependencias judiciales llenas. El fiscal basó sus argumentaciones en que estos hombres ejercían la “ciencia de curar, sin título y con engaño y astucia, como era la suposición de magnetizar el agua por medio de oraciones”[29]. Los acusados, en su turno, no hablaron, salvo Fernando González, para señalar que eran víctimas de una persecución injustificada. El defensor intentó demostrar que sus clientes no prescribían medicinas, simplemente usaban agua y no cobraban cantidad alguna y que, por lo tanto, no ejercían la medicina, llegando a decir “¿Que sabemos si andando el tiempo el procedimiento que estos hombres emplean para curar las dolencias será puesto en práctica? ¿No pudiera ser el tal procedimiento el primer paso en la revolución de la ciencia médica?”. Esta pregunta y la aprobación que tuvo por parte de la población hicieron que se dijese que habíamos llegado al colmo del absurdo y a la apoteosis de la ignorancia.
Hubo absolución, estimando que no se alteró el orden público, sino aglomeración de gente y, en todo caso no eran responsables los inculpados. Con respecto a sus métodos se consideraba que el agua magnetizada con oraciones no podía considerarse medicina. Por tanto no estaban ejercitando la ciencia médica, con lo cual y a la vista del Código eran inocentes. Los apóstoles desde allí mismo y con la sentencia debajo del brazo, sin perder el tiempo, se fueron a la casa del conserje del juzgado para curar a su hija de una enfermedad ocular[30].
Nuestros tres protagonistas pasaron a vivir en una casa cedida por una dama distinguida en la calle de Fuencarral, donde establecieron un nuevo consultorio, frecuentado por todo tipo de público. Allí, entre la clientela “los sombreros de copa se mezclan con las gorras, y los velos de encaje con los pañuelos a la cabeza”[31]
Pero el número de sanadores crecía y mientras se sustanciaba la apelación que acabamos de ver, en la calle de Espíritu Santo, 22, se arrestaba a otros entre los que se encontraban dos de los del comienzo de esta historia: Rocafull y Juan Jiménez.
De nuevo juicio y expectación popular. Se contaron hasta diecisiete testigos voluntarios para certificar que habían sido curados[32]. Estos otros procesados hicieron hincapié en que ellos no tenían nada que ver con el agua magnetizada, que la suya la daban “tal cual sale de la tinaja de mi casa. La oración y la fe y nada más que estas son las que curan a mis clientes”. La defensa aprovechó las mismas argumentaciones que se habían hecho en el juicio de los otros curanderos y la acusación pidió un mes de arresto por abuso de la incredulidad del público. Ahora la sentencia fue de culpabilidad. Juan y Rafael apelaron y el fiscal municipal del distrito Centro aprovechó para recurrir la absolución de los otros apóstoles.
Así en este mes de octubre nos encontramos con, al menos, cinco apóstoles divididos en dos grupos, todos procesados, unos absueltos y otros condenados por juzgados diferentes: uno de instrucción y otro municipal y en ambos casos se invocaba el mismo artículo del Código Civil, obviamente con lecturas contrapuestas.
Cuando llega la revisión del juicio de Juan y Rafael se aprecian diferencias en las reacciones populares. Ya hay discrepantes entre el público con enfrentamientos entre defensores y oponentes[33]. Había empezado la decadencia de los apóstoles. Se confirmó la sentencia de condena, mientras en el otro juzgado el fiscal del Supremo interponía recurso de casación contra la sentencia absolutoria. En 22 de diciembre el Supremo ratificaba la absolución sin dar la razón al fiscal.
Todo indica que la existencia de los dos grupos más una serie de imitadores fueron los elementos detonantes de su ocaso y de la pérdida de credibilidad entre su clientela.
Sea como fuere desaparecen de la escena madrileña. Las citas, cada vez más espaciadas, los sitúan en diferentes puntos de la geografía nacional sin que sepamos con precisión de cuales son o incluso si son suplantadores. Con motivo de la epidemia de cólera aparen, especialmente en la provincias levantinas, y, como fuese que la gente empeorase con sus métodos de curación no consiguen establecerse en ningún sitio de forma mínimamente estable.
Finalmente ocurre que se convierten en vagabundos que van rondando de pueblo en pueblo, subsistiendo como buenamente pueden y abandonando cada población según se les denuncia por parte de los médicos o les expulsa la guardia civil.
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La Puerta de Alcalá - 02-05-2012
La Puerta de Alcalá es una de las cinco antiguas puertas reales que daban acceso a la ciudad de Madrid (España). La puerta daba acceso a aquellos viajeros que entraban antiguamente a la población desde Francia, Aragón o Cataluña. En la actualidad es una puerta mon...
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Recuerdos sobre José Napoleón, por Abel Hugo. - 01-05-2012
Publicamos la traducción realizada por nuestra amiga Anne Barcat de "Revue des deux Mondes" (1833), donde Abel Hugo, hermano del famoso dramaturgo e hijo de un general napoleónico, recuerda su infancia en Madrid, cuando fue nombrado paje del rey José I.Recuerdos sobre José Napoleón.
El nombre de José Napoleón Bonaparte es uno de los primeros nombres que quedan grabados en mi memoria. Se encuentra mezclado con los recuerdos de mi más tierna infancia.
Mi padre tenía el mando de la plaza militar de Lunéville, en la época del congreso, donde se firmó la paz entre la Francia republicana y Austria, vencida en Hohenlinden. El conde de Cobentzel defendía allí los intereses del emperador Francisco, José Bonaparte era el plenipotenciario del pueblo francés. Tendría yo entonces cuatro años; los embajadores, cuando no recibían en su casa, se reunían a veces por la noche, junto a sus acompañantes, en la casa de mi padre.
José me tenía afecto. A menudo me daba testimonios de ello, sensibles para un niño, con algunos regalitos de almendras de París y unas confituras que son tan exquisitas en Lorena. Yo le quería mucho por sus caricias y sobre todo por sus golosinas. Le estaba tan agradecido que, varios años más tarde, mi buena madre cuando me hablaba de las penas y alegrías que le había causado mi infancia, y me comentaba algunos detalles de nuestras tardes en Lunéville, se quedó sorprendida del fresco recuerdo que yo conservaba todavía de las bondades de José Bonaparte [1] .
En el congreso de Lunéville, por vez primera, mi padre conoció al que acompañaría más tarde en Nápoles y luego en Madrid; en Lunéville empezó, entre José Napoleón y él, este vínculo que el antiguo rey de España, en sus cartas todavía hoy sigue llamando amistad, amistad muy real y puesta a prueba, ya que resistió a estas dos grandes cosas que, habitualmente, no dejan amigos: el trono y el exilio.
Poco tiempo después de la subida de José al trono de Nápoles, mi padre pasó a su servicio. Llegó a ser coronel de esta bella legión corsa que se distinguió de manera tan notoria tanto en el sitio de Gaëte como en la persecución y la destrucción de la banda de Fra-Diavolo. Era además uno de los mariscales del palacio. Recuerdo haber sido llevado por él a Nápoles, para agradecer al rey un cargo que me había concedido entre sus pajes. Jamás olvidé la sonrisa benévola y la mirada afectuosa con las que José acogió al niño que había conocido en Lunéville. Sin embargo, como yo era todavía demasiado joven para disfrutar del favor que se me hacía, me acompañaron de nuevo a Francia. Algún tiempo después, mi padre dejó Italia, y siguió a José hacia España.
Después de varios años de estancia en Paris, en marzo 1811, marchamos mi madre, mis hermanos y yo, para encontrarnos con mi padre en España. No estaba en Madrid. Integrado en el gobierno de la provincia de Guadalajara, tenía a su cargo con su brigada proteger la capital contra los ataques de la división de don Juan Martín, vulgarmente llamado El Empecinado[2], partisano famoso y digno de serlo.
El rey tampoco estaba en Madrid cuando llegamos. Acababa de ir a Francia para poco tiempo. Durante nuestro viaje, le habíamos encontrado. Era en las puertas de Valladolid. El convoy en el que estábamos tuvo que apartarse en la carretera, para dejar pasar a su escolta y sus acompañantes. José viajaba rápidamente. Tenía junto a él una parte de los jinetes de la antigua caballería ligera francesa de su guardia. Su berlina rozó la nuestra. Estaba yo en la puerta, muy atento. El rey, a su paso, me pareció triste y preocupado. Hablaba con acaloramiento a una de las personas que estaban sentadas frente a él. Supe luego la causa de este aire sombrío que me sorprendió entonces. Me parecía que un rey debía mostrarse siempre alegre. José iba a Paris bajo el pretexto de asistir al bautismo del rey de Roma, pero su meta verdadera era la de abdicar de la corona de España, y de devolver al emperador el cetro que no le servía para proteger a sus súbditos con eficacia [3].
Nos quedamos en Madrid esperando la llegada de mi padre y la vuelta del rey. Se nos alojó en la casa del príncipe de Masserano, antiguo embajador de la corte de España en Paris, y gran maestro de ceremonias de José Napoleón. Este palacete, que estaba desierto cuando entramos en él, tiene su lugar en mis recuerdos. Era un gran edificio sito en el ángulo de la calle de la Reyna, cerca de la magnífica calle de Alcalá, sin apariencia llamativa en el exterior, pero cuyo interior estaba suntuosamente decorado. Tenía el lujo de un palacio real. En él se encontraban amplias salas, con altas ventanas, anchos balcones, revestimientos dorados. Por todas partes, preciosas lámparas de cristal de roca, inmensos espejos de Venecia que duplicaban la amplitud de los apartamentos. Abundaban muebles de un gusto antiguo, pero cubiertos de bellas tapicerías y adornados con esculturas cuidadosamente doradas; colgaduras de seda de Persia; amplias cortinas de damasco; ricas alfombras de Turquía, con colores variados; cofres, armarios de maderas preciosas, esculpidos, dorados o pintados; porcelanas de China y de Japón.
Había, en uno de los salones, dos jarrones japoneses, con brillantes pinturas, donde quimeras y animales fantásticos parecían escondidos entre flores desconocidas. Cada uno de estos jarrones era bastante grande para que pudiésemos escondernos en él los tres juntos, mis dos hermanos y yo. El príncipe de Masserano, grande de España de primera clase, cuando se fue a su embajada, se había llevado a Paris toda la gente de su servicio. Había dejado su palacio desierto y bajo la vigilancia de un viejo intendente de su familia. Aunque el Ayuntamiento de Madrid, al asignárnoslo para alojamiento, hubiese puesto a nuestra disposición la casa entera, en ausencia de mi padre, sólo ocupábamos una parte de ella, y todavía (con los pocos domésticos que tenía mi madre) en ella andábamos perdidos. La riqueza y las curiosidades de nuestra vivienda nos extrañaban mucho a mis hermanos y mí. No nos limitábamos en admirar solamente los apartamentos prestados; habíamos encontrado un manojo de llaves que contenía las de todas las salas, y la casa entera estaba sometida a nuestras infantiles investigaciones, en contra de la prohibición de nuestra madre. Ésta, severa y escrupulosa, había visto, durante las guerras de Vendée, las habitaciones de su padre y de su abuelo puestas a la disposición de los soldados; le costaba soportar todo lo que le recordaba los desordenes de una ocupación militar. Nosotros, niños curiosos y observadores, no concebíamos sus escrúpulos; aprovechábamos su ausencia para abrir las puertas cerradas y visitar estas riquezas orientales que sólo los cuentos de las Mil y una noches hasta entonces nos habían permitido imaginar; sin embargo impresionados por el ascendente materno, admirábamos todas las cosas de lejos con cierto respeto y temor.
Lo que me encantaba entonces en España, aparte de ver un país nuevo y de satisfacer mi joven curiosidad, era el brillo del cielo y la luz abundante, pura, penetrante, que parecía inundarlo todo. Era el verano de 1811, famoso por la aparición del gran cometa. La habitación donde dormía con mis hermanos, cerca de la vigilancia activa y siempre inquieta de nuestra madre, daba a un pequeño patio, pavimentado de anchas piedras planas, rodeado de pórticos parecidos a los de un claustro, y cuyo centro estaba ocupado por un estanque de agua límpida, siempre renovada por el brote de un chorro. Algunas flores, unos arbustos con hojas perfumadas alegraban la tristeza de este patio interior. Los rayos deslumbrantes del sol lo iluminaban durante el día, y cuando venía la noche, la luz casi solar del cometa no permitía que la oscuridad lo penetrase; después de que mi madre hubiera venido a nuestra habitación para hacer su visita de costumbre, ver si estábamos acostados, informarse de lo que pudiéramos necesitar, dar a cada uno el beso de la noche, después de haber oído a mis jóvenes hermanos profundamente dormidos, ¡cuántas veces volví a levantarme para quedar sentado, casi desnudo, en el balcón de nuestra ventana! Deseaba disfrutar del frescor del aire, escuchar el armonioso y débil rumor de la ciudad adormilada, y admirar el cometa llameante y las estrellas centelleando a través del ancho abanico de su cola que cubría la mitad del cielo; pues en el aire puro y con el clima meridional de España, lo supe más tarde, este cometa pareció más grande y más luminoso que en ningún otro país de Europa.
Entonces ¡cuántos pensamientos vagos! ¡cuantos sueños sin meta! ¡cuántas miradas perdidas, lanzadas hacia el abismo de los cielos con el deseo de descubrir algo detrás de las estrellas! Luego, cuando me daba la vuelta para caer de nuevo en la tierra, veía en la misma alcoba, a mis dos hermanos más pequeños, cansados por los juegos de la jornada, reposando bajo su blanca manta y durmiendo con sueño apacible. A menudo también y casi sin querer, mis ojos se paraban en un retrato, obra de Rafael Mengs, único cuadro olvidado en esta parte de la casa, y que había quedado colgado en el muro de nuestra habitación. Este retrato representaba a Carlos III, en sencillo traje de caza, con la única condecoración del gran cordón azul cielo con ribetes blancos y la placa de la orden creada por él. La luz era suficiente para que pueda distinguir fácilmente todos los rasgos de su rostro; esta claridad difusa les prestaba un aire auténtico, un aspecto de vida que no les veía durante el día. Yo distinguía claramente esta cabeza que siempre me pareció tan rara, esta cara larga como la de un chivo, una nariz aguileña cuya extremidad escondía la mitad de una boca de gruesos labios oscurecidos por el cigarro, grandes ojos negros casi tan salientes como la nariz, una frente alta y arrugada rematada de una pequeña peluca flanqueada de tres delgados tirabuzones. Al ver esta cara heteróclita, esta figura grotesca, pero donde brillaba a pesar de todo una mirada fina y dulce, yo no imaginaba que tenía delante de mí uno de los más sabios y grandes monarcas de España, hombre severo y virtuoso, rey filósofo y benefactor, cristiano piadoso, religioso observador de sus deberes para con sus súbditos, y a cuyo reinado se debe la mayor parte de los monumentos y fundaciones útiles que han decorado España bajo la dinastía de los Borbones.
José volvió de Paris. El rey de España se acordó de su promesa como rey de Nápoles, y mis padres recibieron un aviso de que me habían nombrado paje de su majestad. Era un favor grande, más aún cuando ningún otro francés podía ser admitido en este puesto. Decir que éste me colmó de alegría sería poco decir; estaba exultante.
Poco después de mi nombramiento, mi madre me acompañó a la Real Casa de Pages. Mi comienzo entre los pajes no me inspiraba ni temor ni inquietud. Yo ya hablaba bastante bien el español, lo suficiente para participar en todas las conversaciones. Mi calidad de antiguo alumno del Liceo imperial de Paris me daba cierta confianza en mi mismo que me impedía temer el primer encuentro con los jóvenes españoles que iban a ser mis compañeros. Me recibieron muy bien. La costumbre bárbara de acoger con novatadas, groseras o brutales, a un compañero recién llegado, era desconocida en España y no tuve que soportar ninguna de estas burlas crueles todavía comunes en semejante caso en Saint–Cyr y en Fontainebleau. El gobernador y los directores no fueron menos bondadosos conmigo que mis jóvenes compañeros. Fue decidido que mi presentación al rey tendría lugar el 1 de enero siguiente, día de besamanos y de gran gala.
Mi uniforme me fue traído la víspera de este día, memorable para mí. Uno se puede imaginar mi gran alegría al probarlo. Nunca sentí tanto placer como cuando entonces, por primera vez, llevé la charretera.
El uniforme de los pajes de José Napoleón no tenía sin embargo nada de esta elegancia rebuscada que distinguía a los pajes españoles de los reyes de la dinastía austriaca, cuando, andando a pie, el sombrero en la mano, alrededor del carruaje real, o bien, sentados en las portezuelas, acompañaban a la fiesta de toros o a la procesión de San Isidro a sus graves y magníficos soberanos. Calzas de seda negra, un jubón de terciopelo negro que ceñía en el talle un cinturón del mismo color, un ancho sombrero de fieltro con una larga pluma blanca, tal era entonces su traje sencillo y pintoresco. Además, ni capa, ni espada, sólo se veía, colgada a la cintura de los mayores, una pequeña daga de Toledo, con una empuñadura de oro ricamente cincelada y su vaina de plata esmaltada adornada de arabescos. En su riqueza, el uniforme de los pajes de José Napoleón, así como el de los pajes de la casa de Borbón, se asemejaba más a una librea que a un traje de corte. Llevábamos un frac azul marino, ribeteado de oro en el cuello, en las solapas, en las bocamangas, en el talle, y cuya pechera estaba cubierta por anchos galones de trencillas de oro, parecidos, menos en el color, a los que llevaban los granaderos a caballo de la guardia de Carlos X de Francia. Las solapas y el cuello del frac eran de terciopelo. Calzones azules apretados en las rodillas por una hebilla de oro, medias de seda blancas con grandes esquinas, zapatos con hebillas, complementaban este uniforme, que alzaba un poco un sombrero militar, magníficamente ribeteado y rematado de plumas blancas como el sombrero del mariscal de Francia, una agujeta de seda blanca, bordada de oro, atada sobre el hombro izquierdo. Y finalmente la espada, que llevábamos al costado. Sólo los pajes de servicio llevaban la bota de amazona [4].
El 1 de enero, estuve listo de madrugada. Antes de ir hacia el palacio, había que pasar la revista de nuestro gobernador.
Era el antiguo gobernador de los pajes de Carlos IV, don Luís de Rancaño, un coronel del cuerpo de ingenieros militares, oficial muy estimado en su arma, y que había recibido el empleo que ocupaba cerca de nosotros, como un tipo de jubilación honoraria para su vejez: era alto, apuesto en su uniforme militar; justo, firme, dulce y bondadoso, nos inspiraba a todos respeto. He tenido la felicidad, después de los acontecimientos de 1814, de volver a ver en Paris a este hombre venerable, expatriado como todos los Españoles distinguidos que habían servido a José. Soportaba con calma, sin quejarse y humildemente, las penas y las miserias del exilio. La vida en Paris complacía a esta inteligencia activa. Alojado mezquinamente, viviendo con sobriedad, no buscando otro recreo que los paseos que hacía cada día con los pocos amigos ilustrados que sus conocimientos variados, su conversación sustancial e instructiva atraían a su lado; siguiendo con constancia algunas clases elegidas del Collège de France, interesándose en cierta medida por la geografía, la química, la botánica y las matemáticas de alto nivel, esperaba así, con filosofía y resignación, la muerte que le sobrevino poco antes de la época en que los decretos de la reina Cristina abriesen las puertas de España a todos los exiliados.
Dábamos a este digno gobernador el dulce nombre de ayo (padre nutricio). Era el antiguo título de su empleo, entrañable nombre que el nuevo protocolo español había tomado prestado del antiguo. Viéndome llegar el primero de todos, este buen anciano, que sólo venía a palacio para asistir a mi presentación y animarme con su presencia, me felicitó de mi diligencia y sonrió cuando le confesé inocentemente la causa.
El señor Rancaño tenía a su lado, como asistente y subgobernador, a un joven jefe de batallón, oficial de gran distinción, que se llamaba Landaburu. Situado, por mi edad y por el estado adelantado de mis estudios, entre los pajes de primera clase, me había relacionado con uno de ellos llamado Domingo Aristizábal. Este joven, ya paje en época de Carlos IV, era el hijo de un antiguo virrey de Méjico. Su padre y todos sus parientes, de los cuales estaba alejado y por los cuales, en cierto modo, se encontraba abandonado desde el principio de la ocupación de Madrid por los franceses, luchaban en las filas de los insurrectos. Había correspondido francamente a mi amistad y me había prometido no apartarse de mí durante mi recepción, con el fin de darme a conocer a todas las personas de la corte, cuyos nombres le eran desde hace mucho familiares.
Una vez pasada la revista y cuando tocó la hora de la marcha, nos pusimos en camino, andando militarmente de dos en dos, encabezados por nuestro gobernador y el señor Landaburu; Aristizábal estaba a mi lado.
Para llegar a Palacio, había que atravesar una gran plaza, apenas nivelada y todavía cubierta de ruinas y de escombros: era una de las plazas que el rey José, celoso del embellecimiento y de la salubridad de la ciudad, había ordenado abrir, y que le valía, por parte de los Españoles descontentos con innovaciones cuya utilidad no apreciaban todavía, el apodo de Rey de las Plazas.
Cuando entré en el salón, donde el sitio asignado a los pajes estaba señalado, me sorprendió un poco el gran número de oficiales y de funcionarios de la orden civil o de la casa real que en él estaban agrupados.
Los Franceses no parecían ser allí mayoría, por lo menos según pude juzgar por las conversaciones particulares que oía a mi alrededor, casi todas en lengua castellana. Dejé de extrañarme de ello cuando el señor Rancaño me hubo avisado de que, a menos que se presentaran circunstancias extraordinarias, el rey José hablaba siempre en español a las personas admitidas en sus recepciones públicas.
Aristizábal, educado en la corte de Carlos IV y acostumbrado al fasto del palacio, no se quedaba maravillado como yo del esplendor y la riqueza de los trajes. Aseguraba incluso que los besa-manos del antiguo régimen reunía una asamblea más numerosa y más espléndida. Durante estas grandes jornadas de ceremonias, el rey, la reina, sentados bajo el palio real y rodeados de su familia, esperaban los homenajes de las personas admitidas a la corte que debían pasar sucesivamente delante del trono. El soberano, la reina, los príncipes y las princesas se levantaban si se acercaba un noble agraciado con la grandeza [5] y le abrazaban afectuosamente. En cuanto a los marqueses, a los condes, a los barones que no eran grandes de España, a los títulos de Castilla, a los funcionarios de toda orden y al resto de los cortesanos, las majestades y las altezas reales se limitaban, con gravedad, a ofrecerles su mano a besar.
A pesar de las reclamaciones de los gentilhombres de la antigua corte, José había abandonado este protocolo oriental. No le gustaba sentarse en el trono, y después de haber recibido en el salón de los reynos a los embajadores, a los ministros, a los generales y a los grandes oficiales de la casa, pasaba a las otras salas e iba a visitar él mismo a los que venían a presentarle sus respetos. Era accesible a todos, escuchaba con paciencia, contestaba con dulzura, se informaba con interés. Nadie se quedaba insatisfecho. Por lo cual Aristizábal me decía con algo de malicia, comparando las dos cortes: “Antes en un día de recepción se formaba una procesión, ahora se pasa la revista.”
Nada más llegar, el señor Rancaño me había presentado al lugarteniente-general barón Strolz[6], que, en su calidad de primer escudero, tenía la dirección superior de la Real Casa de Pages. Había podido conocer a mi padre en el estado mayor del general Moreau, y me acogió calurosamente.
Esperando el momento de la llegada del rey, Aristizábal me hizo admirar los cuadros que decoraban la sala donde nos encontrábamos: se veía, entre otros, una excelente copia de un cuadro de David, el que representa al general Bonaparte cruzando los Alpes sobre los pasos borrados de Aníbal y de Carlomagno. Me imaginaba que esta pintura había sido colocada en el palacio desde que José había subido al trono de España. Aristizábal me desengañó, había visto colocar este retrato del primer cónsul en el mismo sitio donde se encontraba todavía, y era Carlos IV mismo quien había presidido esta inauguración. ¡Buen rey, que no se daba cuenta que poner este retrato en esta sala, era como quitar de ella su trono!
Durante los años que precedieron la invasión, e incluso en el momento de la entrada en España de los Franceses bajo el mando del gran duque de Berg, el entusiasmo de los Españoles por Napoleón llegaba a su apogeo. Su nombre estaba en todas las bocas, sus retratos y sus bustos en todas las casas. Se le nombraba el héroe de Francia, restaurador de la religión, vencedor de la revolución. Se exaltaba su despotismo, amigo y tal vez fundador del orden; se ponderaba sus grandes cualidades administrativas, se celebraba su genio militar. Sus victorias en Egipto le hacían popular en un país donde el odio a los musulmanes ha sido mucho tiempo uno de los rasgos distintivos del carácter nacional. La parte más ilustrada de la nación, indignada por la decadencia de la monarquía, con el favoritismo de Godoy y los desordenes de la corte de Carlos IV, esperaba la influencia de los franceses sobre el viejo monarca español, una regeneración fecunda y una prudente libertad.
Las únicas condecoraciones que fueran notorias entre la multitud resplandeciente que nos rodeaba, eran, con la estrella de la Légion d’honneur y la Corona de hierro, las Órdenes Reales de Nápoles y de España, las dos creadas por José. La Cruz de Nápoles, rematada por un águila de oro con las alas extendidas, se llevaba suspendida a un lazo azul cielo. La Cruz de España, sencilla estrella de cinco puntas esmaltada con rubíes, se ataba a un lazo rojo; era una especie de legión de honor española [7].
Con sorpresa, vi entrar en la sala del trono a un pequeño anciano de pelo blanco, todavía ágil y derecho a pesar de su edad, revestido del gran uniforme de mariscal de campo español, y llevando alrededor del cuello, suspendidos a una cadena, las insignias del Toisón de Oro. Yo sabía que muy pocos españoles habían recibido esta condecoración de la mano de los reyes Carlos III y Carlos IV. Pregunté su nombre a Aristizábal: era el conde de Moctezuma, grande de España. Este descendiente de los emperadores de Méjico no era uno de los cortesanos menos devotos de José. ¡Cosa extraña, un Moctezuma, súbdito de un Bonaparte! Su hijo era maestro de ceremonias del rey.
Unos momentos después, un coronel de los húsares en uniforme de gala, dolmán y pelliza azul cielo ribeteados de plata, pantalón rojo, pasó cerca de nosotros. Era alto, de tez sonrosada, ojos pequeños pero vivos, y, a pesar de rasgos comunes y muy pronunciados, tenía un aire digno y firme. Su aspecto me gustó; pregunté una vez más a Aristizábal; era el coronel Chassé, comandante del regimiento de los húsares holandeses. Un oficial superior español conversaba con él, era el jefe de escuadrón Moralés, comandante del cuerpo franco de los cazadores de Ávila. Recuerdo todavía la severa y altiva actitud de este antiguo guerrillero, reincorporado recientemente a la causa de José contra la cual tanto tiempo había combatido.
Se acercaba la hora para José de salir de su gabinete; la multitud aumentaba progresivamente. Aristizábal me propuso que nos acerquemos a la puerta, y desde este lugar me designaba parte de los que entraban.
Uno de los primeros, hombre bastante alto, de rostro austero, cuyos ojos cansados estaban velados por anteojos verdes, era un sabio eclesiástico, señor Llorente, antiguo secretario de la Inquisición, entonces consejero de estado de José.
Vi así pasar a dos poetas españoles bastante famosos, Meléndez Valdés, que sonreía graciosamente a todos con su traje de consejero de estado, y Marchena, que presentaba una cara huraña y la Cruz franco-española de José en la solapa. Se presentaba aquí como jefe de división en el ministerio del interior. Acababa, creo, de dirigir con éxito, en esta época, una traducción de Tartuffe en el teatro del Príncipe.
En medio de esta muchedumbre variopinta, dorada y engalanada, me quedé muy sorprendido de ver de repente a un joven soldado de la guardia real que, con su pelliza de simple húsar, su dolmán ribeteado de lana, su sable con empuñadura de cobre y sus espuelas de hierro, entró con seguridad en medio de nosotros y anduvo derecho hacia la sala del trono, codeándose con los generales. Impresionado, le observé y, cuando nos dio la espalda, vi que en la parte trasera de su dolmán, en medio de la cintura, colgaba de un nudo de brocado una pequeña llave de oro esculpida. Este húsar era uno de los chambelanes del rey; era grande de España de primera clase, hijo de la marquesa de Ariza, duque de Berwick, descendiente de los Stuart. Incorporándose como simple jinete de la guardia real, había querido dar una prueba de lealtad absoluta a la persona de José Napoleón. Era, en otro modo, un compromiso semejante al del conde de Moctezuma. Los hijos de los emperadores del Nuevo Mundo, los descendientes de los reyes de la vieja Europa, se mostraban solícitos con reconocer la soberanía de un rey sin antepasados, hermano de un emperador que sólo apoyaba sus derechos en una elección popular y en su espada victoriosa.
Mis recuerdos me traen todavía algunos personajes que desfilaron así ante mis ojos. Eran: El señor Bienvenu Clary, sobrino del rey, coronel de los fusileros de la guardia; joven oficial con gran porvenir, muerto después en Madrid, y cuya perdida ha sido hondamente sentida. Los dos hermanos Rapatel: el primogénito, mayor de los jinetes de la caballería ligera de la guardia; el menor, coronel del regimiento español y furriel del palacio[8]. El duque de Esclignac, gentilhombre francés, chambelán del rey. El Marqués de Benavent, grande de España, montero mayor. El marqués de San Adrián, grande de España, primer maestro de ceremonias.
Los Españoles, los Franceses y los extranjeros llegaban sucesivamente. Eran: El duque de Sotomayor, grande de España, maestro de ceremonias, cuyo nombre es conocido en Francia porque uno de sus antepasados se enfrentó a Bayard. El general Lecapitaine que, en 1814, fue el primer instructor de la guardia nacional de Paris y que, en 1815, murió gloriosamente en la segunda batalla de Fleurus. El conde de Laforest, embajador de Francia. El barón de Stourm, enviado desde Dinamarca. Los barones de Mornheim y de Strogonoff, ministros de Rusia. Don Domingo Badia y Leblich, prefecto de Córdoba, viajero famoso bajo el nombre de príncipe Ali Bey[9] . Muchos otros se apresuraban en llegar, pues era la hora.
Pronto se oyó la voz fuerte del ordenanza: El Rey. Nos dimos prisa para volver a nuestro sitio cerca del coronel Rancaño. Los cuchicheos se apagaron; un silencio profundo se estableció en la multitud.
La puerta se abrió. El rey, que acababa de atravesar la sala del trono, entró en nuestro salón. Llevaba el uniforme y las charreteras de coronel de jinetes de caballería ligera de su guardia; frac verde, con cuello, solapas y ribetes amarillos. Sólo dos medallas adornaban su pecho, las de la Légion d’honneur y de la Orden Real de España. Su pequeño sombrero, parecido al del emperador, no tenía más adorno que una trencilla negra con su escarapela roja.
En cuanto se abrió la puerta, el rey había levantado su sombrero para saludarnos a todos. En este momento, me llamó la atención su gran parecido con Napoleón. Era la misma cara de carácter antiguo, de una belleza regular, la misma frente amplia y descubierta, sólo que tenía una tez más clara, rasgos menos duros, miradas más suaves. José por otra parte era más alto que su hermano; medía aproximadamente cinco pies y cinco pulgadas.
A su lado andaba el mariscal Jourdan, su jefe de estado mayor; inmediatamente detrás de él, venían los capitanes-generales de su guardia, el duque de Cotadilla y el conde Merlin y los dos ayudantes de campo de servicio, el lugarteniente-general Lafont de Blaniac y el coronel Desprez[10]. Los embajadores, los ministros y diversos oficiales de su casa le acompañaban, así como varios generales del ejército francés, entre los cuales estaba el conde Belliard, general-ayudante mayor; el conde Drouet d’Erlon, comandante jefe del ejército del centro, y el barón Dedon, famoso por sus querellas con Paul Courier, general de artillería más estimado en su arma que lo pretendía el panfletario viticultor [11] y que había estado al mando de la artillería francesa en el memorable sitio de Zaragoza.
José andaba lentamente, escuchando con paciencia las reclamaciones que se le hacía, respondiendo con bondad a los que le hablaban, animando a los tímidos por su afabilidad y conteniendo por el respeto a los que su viveza meridional hubiese llevado a excesos. Comunicaba a sus ayudantes de campo las peticiones recibidas y por una palabra amable dejaba a todos los solicitantes una esperanza consoladora. Es calidad de un rey saber contentar a todos[12].
Yo estaba en una ansiedad extrema; deseaba que todo llegase a su fin. El rey estuvo por fin delante de nosotros. Pasó la mirada en la línea que formaban los pajes (nosotros nos presentábamos como soldados, alineados en dos filas), luego se acercó a nuestro gobernador:
« - ¡Y bien ! coronel, le dijo en español, ¿está Vd. más satisfecho de estos señores ? »
Parece que en el parte mensual rendido al rey por el señor Rancaño sobre la conducta de los pajes, éste se había quejado de algunos.
« - Sí, Majestad , respondió inclinándose.
« - ¿Quién es este joven?
« - Majestad, es el nuevo paje admitido por orden de su majestad, don Abel Hugo, el hijo mayor del general.
« - ¿Habla español?
« - Sí, Majestad.
Entonces, mirándome bien a la cara, examinándome con una atención que me llenó de confusión, José me dirigió en español estas palabras que puedo repetir aquí con exactitud, y con la certeza de que no me engaña mi memoria:
« - Señor Hugo, es un placer para mí decirle que, por un despacho llegado esta mañana misma, su padre me anuncia que acaba de vencer al Empecinado. Vd. le volverá a ver enseguida. La provincia en cuyo gobierno estaba integrado está prácticamente pacificada. Le necesito en el estado-mayor del ejército y acabo de pedirle que vuelva a Madrid. »
Me incliné con respeto, tratando de balbucear algunas palabras. El rey añadió:
« - ¿Su señora madre estará bien, espero? Asegúrela del interés que les presto, así como a sus hermanos. »
Luego, saludándome con un signo de amistad, José continuó su camino a través de las salas llenas de uniformes, de bordados y de charreteras.
Este tono benevolente, estas palabras afectuosas, me causaron una profunda emoción. Mis camaradas me felicitaron de la bondad que el rey me había demostrado. No tardamos en volver hacia la Casa de Pages. El señor Rancaño me llamó a su lado y durante el trayecto, como bien se puede imaginar, sólo se trató del rey José y de los diversos motivos de afecto que sus súbditos debían tener para con él.
Rey de España, se había vuelto él mismo como Español; y para expresar, sobre este hecho, sus sentimientos de manera más enérgica, acostumbraba decir: « Si quiero a Francia como a mi familia, tengo devoción a España como a mi religión. »
Datos biográficos del autor.
Abel Hugo, (Paris 1798 - Paris 1855) era el hijo mayor de Léopold Hugo, así como hermano de Eugène y Victor. Después de estar un tiempo estudiando en el Real Seminario de Nobles de Madrid en 1811, pasó a la Casa de Pajes de la Corte del rey José I en 1912. No volvió inmediatamente a Francia con su madre y sus hermanos. Su padre le dio misiones importantes en el ejército en los momentos difíciles de las retiradas de 1812 y 1813. Mostró su valentía en la defensa de la capital. Después del desastre de Vitoria en la última retirada de los Franceses, cruzó la frontera en septiembre 1813 y, en Pau, esperó en vano poder volver a España. De vuelta a Paris, fue escritor, periodista e hispanista. Escribió Histoire de la campagne d'Espagne en 1823 (Paris, Delaunay 1823 et Lefuel 1824); Souvenirs sur Joseph Napoléon publicado en la Revue de deux Mondes de 1833. Recopiló una enorme cantidad de informes militares para publicar France militaire: histoire des armées françaises de terre et de mer, de 1792 à 1837 (Paris, Delloye: 1838). Fundó la revista Le conservateur littéraire y fue profesor de español en la Société des Bonnes Lettres de París. Hizo traducciones, destacando su traducción al francés del Romancero e historia del rey de España don Rodrigo, postrero de los godos (textos recopilados en lenguaje antiguo, Paris 1821) y de los Romances históricos (1822). También es autor del vaudeville Les français en Espagne (1823). Su obra Histoire de l’Empereur Napoléon, la escribió en francés y en español (Paris: Perrotin, 1833 y Barcelona: Oliverés y Gavarró 1839). Se casó con Louise, Rosa, Julie Duvidal de Montferrier y tuvo dos hijos. Mantuvo cierta correspondencia con José Bonaparte en el exilio, aceptando éste último ser el padrino de uno de sus hijos: “Philadelphia, el 25 de noviembre de 1835. Su carta del 5 de septiembre me ha seguido por estos lugares lejanos; no se suelen hacer a proscritos tales peticiones: por la rareza del hecho, acepto ser el padrino del nieto de mi amigo el general Hugo...”
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Intercambiador de Príncipe Pío - 24-04-2012
El intercambiador de Príncipe Pío de Madrid, confluyen varias líneas de metro, Cercanías y autobuses urbanos e interurbanos. Se encuentra en el distrito de Moncloa-Aravaca en frente de la Puerta de San Vicente.La actual estación de Príncipe Pío fue en origen la Estación del Norte, construida como la...
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¿Qué es el casticismo? - 23-04-2012
Una reflexión sobre el casticismo.Hoy estoy triste. Hoy me han dicho que el casticismo no vende, que no está de moda, que hay que cambiarlo y renovarlo, como si a la Cibeles pudiera cambiársele el carro por un coche y a Neptuno el tridente por un palo de golf.
Nadie que entienda el casticismo puede pedirle que “venda”, como si de una empresa de marketing se tratara.
Nadie que entienda que lo permanente, lo ajeno a las modas, muchas veces es minoritario y que para valorarlo no se pueden usar baremos cuantitativos sino cualitativos.
Nadie puede pedir balance de beneficios a los sueños.
El éxito del casticismo no radica en una multitudinaria pero efímera aceptación, sino en esa pervivencia a través de los años en el corazón de generaciones de madrileños. Ha habido épocas, temporadas, en las que el casticismo se ha puesto de moda, otras, como sucede con la ropa de años pasados, se percibe como algo anticuado y que no “mola”. Por encima de esas percepciones pasajeras, el alma de una ciudad y de un pueblo continua invariable en cada uno de sus habitantes.
Y al fin y al cabo, ¿qué es el casticismo sino ese conjunto de símbolos que añoramos cuando estamos lejos de nuestra tierra y que, como bagaje subliminal, llevamos en nuestras percepciones? Esos sentimientos que se activan cuanto más lejos nos sentimos del escenario de nuestros recuerdos.
¿Y qué somos los castizos sino unos pobres seres a quienes nos aflora el alma de la ciudad aunque no estemos lejos, la nostalgia de Madrid aún estando en ella?
El casticismo, como la nostalgia, el romanticismo y los sueños, ni vende ni cotiza en bolsa. Sería un contrasentido pretender lo contrario.
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Instituto Homeopático de San José - 14-04-2012
El instituto Homeopático y Hospital de San José es el primer hospital de España dedicado a la Homeopatía Este se sitúa en el número 3 de la calle Eloy Gonzalo y fue construido entre los años 1874 y 1878 por el arquitecto José Segundo de Lema. ...
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Palacio Real (Plaza de la Armería) - 06-04-2012
El Palacio Real de Madrid es la residencia oficial del rey de España, utilizada fundamentalmente para ceremonias oficiales, ya que los Reyes residen habitualmente en el Palacio de la Zarzuela. Es el mayor palacio de Europa Occidental en cuanto a extensión, con 135.000 m² y 3.418 ...
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Paseos por Madrid. Cuarto recorrido: de Puerta de Toledo al Templo de Debod - 05-04-2012
Acabábamos nuestro último paseo en el antiguo Matadero de Madrid, una bella construcción de lo que podríamos denominar “construcción industrial” y a la cual nos condujo nuestro río Manzanares. Ahora debemos volver al centro de la ciudad, a nuestra casa. Y, como en todas las casas, entraremos por la puerta, en este caso, por la llamada Puerta de Toledo. El mejor momento para iniciar esta real ruta que nos llevará hasta el templo egipcio de Debod, será por la mañana, y la mejor estación la primavera.De la Puerta de Toledo al Templo de Debod
La Puerta de Toledo es una de las pocas antiguas puertas que se conservan en Madrid, pero tiene el honor de haber sido la última que se levantó en nuestra ciudad. Fue a principios del siglo XIX cuando se decidió erigirla. Por ella deberían haber pasado las Cortes Constituyentes de Cádiz, de las que este año se cumple su segundo centenario; sin embargo, como sucede con harto frecuencia, las obras se fueron retrasando y, tras la experiencia del llamado Trienio Liberal, Fernando VII decidió cambiar la orientación política de tan singular arco triunfal hasta el punto que finalmente la nueva Puerta llevó por leyenda "A Fernando VII el Deseado, Padre de la Patria, restituido a sus pueblos, exterminada la usurpación francesa, el Ayuntamiento de Madrid, consagró este monumento de fidelidad, de triunfo, de alegría, año de 1827". Un giro copernicano. El entorno de la puerta ahora aparece más cuidado después de unos inicios marcados por la concentración de vendedores de ganados y hortalizas en torno de la Puerta y unos años 50 en los que a su alrededor se levantaba una plaza peatonalizada a cuyo alrededor pasaban, entre otros, los tranvías que comunicaban Carabanchel con la Plaza Mayor. Hoy supone el punto de acceso al centro de la ciudad o, como en nuestro caso, el origen de este paseo por el Madrid Real.
Por ello, y en esta soleada mañana, es hora que comencemos nuestra ruta, pues aún nos queda mucho por ver. No obstante, y antes de dejar atrás nuestro punto de partida, merece la pena detenerse en dos edificios que pasarán desapercibidos pero que tienen un gran encanto. Me refiero, de un lado, a la vivienda situada en el número 122 de la calle de Toledo y, de otro, al cuartel de bomberos situado junto a la propia Puerta de Toledo.
Con respecto al primero de los mencionados, se trata de un bonito edificio de viviendas construido a finales del siglo XIX (en 1885) en estilo neomudéjar (tan propio del Madrid de finales de siglo) para don Francisco Lebrero. El edificio, en ladrillo visto con una cuidada rejería de hierro forjado, aparece coronado –en su cuerpo central- por su bonito reloj decimonónico y una delicada veleta en lo alto; pese a que creo que es uno de los edificios más bonitos de Madrid, su situación entre dos modernos edificios hace que pase totalmente desapercibido para el común de los visitantes.
En cuanto al parque de bomberos, el número 3 de la ciudad, es un antiguo edificio de ladrillo de principios del siglo XX construido a partir de 1904 y aunque tanto su pequeño tamaño como sus antiguas instalaciones no son en absoluto adecuadas actualmente para la importante función que desempeña, es una construcción que tengo asociada a mi niñez cuando, camino de Carabanchel desde la Plaza Mayor, siempre giraba la vista en el autobús para ver los antiguos “Barreiros” o “Pegasos” rojos que, coincidencias de la vida, parece que siempre salían con las sirenas y las luces puestas justo cuando yo pasaba por allí.
Pero, dejémonos de recuerdos de la niñez y salgamos de este entorno. Nos encaminamos por la Gran Vía de San Francisco con destino a la iglesia del mismo nombre. No obstante, apenas hemos avanzado poco más de cien metros, a nuestra derecha, y al fondo de una calle oculta por frondosos árboles, contemplamos una fachada neo-mudéjar. Se trata, ni más ni menos, que de la Iglesia de la Paloma. Según nos hemos ido acercando, su fachada se nos ha ido apareciendo como más delicada. No quiere impresionar. Tampoco es necesario. Sus dos torres simétricas y gemelas, realizadas en ladrillo y adoptando formas diversas de lazos, rombos y diferentes figuras geométricas, enmarcan un bonito cuerpo central, con un pequeño porche sobre el cual se levantan tres parejas de arcos ojivales de color blanco con vidrieras. Pero lo mejor está dentro: la Virgen de la Paloma. Se trata de un cuadro que representa a la Virgen de la Soledad y cuya advocación cambió cuando, a finales del siglo XVIII se construyó una pequeña capilla para el culto a dicha imagen en la Calle de la Paloma, asimilando el nombre de la imagen al de la calle en que se levantó la capilla. La capilla fue derruida y, en su lugar, levantado el actual templo a principios del siglo XX.
Es aquí cuando cada 15 de agosto, desde los primeros años de la década de los cuarenta del siglo XX y con ocasión de las fiestas, un pequeño retén de bomberos descuelga, delicadamente, el cuadro de la Virgen desde su altar para sacarla en procesión, siendo ésta escoltada por un piquete del Cuerpo de bomberos; el motivo de esta tradición no termina de ser claro, pero sí es manifiesto el bullicio de la verbena en estas fiestas y parece como si todos los madrileños que no han salido de vacaciones estuviéramos aquí concentrados: las calles aparecen engalanadas con mantones de Manila en los balcones, chulapos y chulapas se pasean vestidos con trajes típicos por las calles, y el olor a mollejas y gallinejas (tapas madrileñas por excelencia), estuviera por doquier. En algunos teatros, además, se sigue representando la famosa zarzuela “La Verbena de la Paloma” de Tomás Bretón, compuesta allá por 1884, lo que sirve para acercarse aún más al espíritu propio de estas fiestas en las que si bien ya no hay boticario, serenos y policías municipales gallegos ni tampoco “cantaoras” por las calles como sucede en una de nuestras más afamadas zarzuelas, sí se disfruta del mismo ambiente festivo. Son, sin lugar a dudas, las fiestas más castizas y a las que se ha de acudir alguna vez en la vida para saborear el más tradicional sabor madrileño.
Sin embargo, no es agosto y la mañana va avanzando, por lo que retomamos nuestro paseo y, ahora sí, nos topamos con la impresionante Basílica de San Francisco el Grande. Su horario de visitas no es demasiado amplio, y aunque la entrada turística es un poco cara (podemos entrar gratis con ocasión de los oficios religiosos), merece la pena la visita guiada. No es difícil dejarse impresionar por este templo de factura neoclásica y construido a iniciativa del rey Carlos III: su fachada neoclásica recuerda modelos romanos y su cúpula, además de ser una de las mayores que hay en toda la Cristiandad, está bellamente decorada. Además, y quizá por su aspecto majestuoso, fue el lugar previsto para servir de Panteón Nacional hasta que fue construido el Panteón de los Hombres Ilustres (ver Primer Paseo en La Gatera de la Villa nº 3); aunque ya antes de ese momento, el mismísimo José I Bonaparte quiso instalar en él el Salón de Cortes. Diversas esculturas obras de los mejores escultores del siglo XIX y pinturas nos irán sorprendiendo tanto por su calidad como por su cantidad, pero su cúpula y su planta circular nos sorprenden desde que pisamos la Basílica.
Toca el momento de reiniciar la ruta. Enfilamos la calle Bailén aunque bien merece la pena dar un pequeño rodeo por la calle de San Buenaventura para ver el exterior del Seminario Conciliar de Madrid con una bonita fachada neo mudéjar de principios del siglo XX y pasar por Las Vistillas (desde donde podremos obtener una de las mejores vistas de la cercana Catedral de la Almudena) y en donde se encuentra una bonita escultura a las famosas “violeteras”.
Desde Las Vistillas podemos observar el recio Viaducto de Segovia, una construcción ampliamente deseada tanto por los monarcas españoles como por el propio pueblo madrileño para unir la zona de Palacio con San Francisco el Grande. Sin embargo, no fue hasta 1872 cuando se comenzó a construir, en hierro –tal y como también era costumbre- el primero. La “inauguración” fue peculiar: fueron los restos del gran Calderón de la Barca los que tuvieron tal honor, dado que fue llevado desde San Francisco el Grande hasta una morada menos pretenciosa, el cementerio de San Nicolás. Tan “triste” inauguración no hacía presagiar nada bueno, y lo cierto es que desde el principio fue utilizado por amantes despechados y toda suerte de mentes torturadas por la vida, para acabar con la propia existencia, lo que motivó que el Ayuntamiento dispusiera de vigilantes para evitar tales sucesos. Pero el primer viaducto dio más problemas de orden práctico, dado que su cimentación y estructura requería frecuentes obras. Hasta tal punto llegó la situación que a finales de la II República se inició la construcción del actual, construido en hormigón armado y con un marcado estilo racionalista propio de dicha época.
Pasamos, cubiertos los petriles del puente por mamparas de cristal, sobre el viaducto. A nuestra izquierda se observa, majestuosa, la Casa de Campo, parte del distrito de La Latina y un lejano y llano horizonte que nos llevaría a tierras extremeñas. Centramos nuestra mirada al frente y, a nuestra derecha, de reojo, observamos un palacio con sobresalientes escudos en piedra blanca con leones que sujetan el escudo nacional con las figuras en rojo. Se trata del Palacio de Uceda, hoy sede de la Capitanía General de Madrid y del Consejo de Estado, y en su momento uno de los palacios más sobresalientes de Madrid y que intentaba rivalizar con el antiguo Alcázar madrileño. No en vano fue levantado por orden del Duque de Uceda que fue –tras desplazar al famoso Duque de Lerma, su propio padre- el valido del rey Felipe III.
Justo enfrente de este Palacio, y junto al de Abrantes (posesión del Estado italiano desde finales del siglo XIX) se alzaba antaño la Puerta de la Almudena, situada en la pequeña calle del mismo nombre y que también fue erigida en tiempos de Fernando VII. Sin embargo, la pequeñez de la calle no se corresponde con su importancia real, pues no solo en la misma se hallaba la antigua iglesia medieval de Nuestra Señora de la Almudena, sino que en esta pequeña calle fue asesinado en 1578 don Juan Escobedo, el Secretario de don Juan de Austria, tal y como nos recuerda una plaza situada al efecto.
Dejamos tiempos pasados y, disfrutando del día soleado que hace, nos adentramos por esta corta calle, giramos a la izquierda y nos topamos con la catedral, pero antes es preciso reponer fuerzas y nada mejor para ello que parar unos minutos en el “Anciano rey de los vinos” una taberna señera de la zona, ahora bastante frecuentada por turistas, pero en la que resulta una delicia sentarse en su terraza a tomar un vino dulce o un refresco mientras programamos nuestros siguientes pasos.
Y ¡qué duda cabe! que el siguiente será la Catedral de la Almudena. Parece mentira pero, pese a ser la capital del reino, hasta bien recientemente no hemos contado los madrileños con una catedral. Y no sería por falta de intentos, procedentes incluso de las más altas instancias del Estado, es decir, de los propios reyes, pues desde tiempos de Felipe II se quiso contar en Madrid con una Catedral, aunque el temor a una pérdida de influencia hizo que la Archidiócesis de Toledo se opusiera tenazmente al proyecto. No fue hasta la creación de la diócesis de Madrid-Alcalá (a finales del siglo XIX) cuando se pudo acometer la realización del proyecto catedralicio. Proyecto que no fue unánime en su localización, pues se propusieron lugares tan dispares como El Retiro, el solar del antiguo Cuartel de Monteleón, el solar del cuartel de San Gil (lo que ahora es la Plaza de España)… Sin embargo, no fue de extrañar que finalmente la ubicación fuera junto al Palacio Real habida cuenta del impulso regio.
No obstante, del proyecto original poco quedó. Imaginémonos una catedral de estilo neogótico, con altos campanarios, pináculos, rosetones, contrafuertes…; una suerte de Catedral de León o de Burgos en pleno Madrid y todo ello sobre una cripta neorrománica. Era el estilo triunfante a finales del siglo XIX cuando el neomedievalismo se apoderó no solo de la clásica Madrid, sino también de ciudades tan vanguardistas como Barcelona; suponía el resurgir de un tiempo pasado al que se quería mirar como espejo de lo que debía ser nuestro nuevo futuro encarnado en la figura de Alfonso XII.
Sin embargo, de todo aquel magnífico proyecto del Marqués de Cubas, del que ahora podemos ver una maqueta en el Museo de la actual Catedral, solo quedó completada la impresionante cripta neorrománica que poca gente visita y que, enclavada a medio camino de la Cuesta de la Vega, es un lujo contemplar, sobre todo porque su visita es gratuita y los 10/15 minutos aprovechados todo un lujo para los sentidos, con su infinidad de capiteles todos diferentes y unas magnificas pinturas. También el interior de la Catedral conservó este aspecto neogótico de altas naves y arcos apuntados, aunque el exterior adquirió un tinte clasicista más acorde con el entorno del Palacio Real…aunque pare ello se tuvo que esperar a mediados del siglo XX. Sea como sea, merece la pena la visita, entrando para ello por una de sus puertas labradas; merece la pena detenerse en las mismas a observar, en cada caso, lo que nos cuentan, desde el descubrimiento de la imagen de La Almudena, hasta la historia de la Reconquista, la Hispanidad,…; es un libro de Historia esculpido en bronce. El interior nos deja asombrados: amplias naves, altas y espigadas columnas separando las naves del templo, primorosas vidrieras multicolor (aunque algunas tengan un estilo excesivamente moderno que no encaja del todo con el templo).
Volvemos a salir a la calle. Junto a la Catedral se alza el Palacio Real y, formando parte de éste y justo delante de la Catedral, nos encontramos con la Plaza de la Armería, una construcción anexa al propio Palacio pero posterior en el tiempo, dado que fue mandada construir por Isabel II. Hoy, y al margen de su utilización en actos protocolarios, sirve de magnífico marco arquitectónico para los relevos de la Guardia Real que tienen lugar el primer miércoles de cada mes a las 12 de la mañana y en el que unos 400 militares vestidos con uniformes de la época de la Restauración realizan este vistoso relevo. Quizá no sea tan conocido como el cambio de la guardia en Buckingham Palace, pero seguro que la contemplación del madrileño no dejará indiferente.
Tras asistir a este vistoso espectáculo, retomamos nuestra visita. Acceder al Palacio Real siempre es una buena opción. Descubrir las numerosas estancias del Palacio y las pinturas y muebles que contiene va más allá de una mera visita artística: es el resumen de siglos de monarquía española, cuyo máximo exponente es la “Alegoría de la Monarquía española” de Giambatista Tiépolo en el Salón del Trono. Conviene detenerse a pensar en ello, pues todo lo que contiene el Palacio es patrimonio nacional, es la suma de voluntades y esfuerzos de siglos y siglos en los que momentos gloriosos se han alternado con otros de ruina económica y moral del país. No en vano el actual Palacio Real, diseñado por Sachetti tras un proyecto megalómano previo de Juvara, se alza en los mismos terrenos en los que se asentaba el antiguo Alcázar de los tiempos de los Austrias. Desde el nuevo Palacio Real han reinado desde Carlos III a Alfonso XIII, pero también desde aquí el pequeño infante Francisco de Paula salía, como último representante de la monarquía española, camino de Bayona forzado por la invasión napoleónica, y apenas pasados 120 años más, era el propio rey del momento -Alfonso XIII- quien abandonaba el palacio camino del exilio en 1931.
Sin embargo, el reflejo de la historia de la monarquía hispana no se circunscribe a las paredes del Palacio, sino que la cornisa del mismo Palacio debía servir como “libro de historia en piedra” en el que mostrar a todo el orbe los reyes que tuvo la monarquía hispánica (no olvidemos que Felipe V llegó al trono tras la Guerra de Sucesión y debía mostrar la legitimidad a dicho trono y la continuidad de la corona española). Para ello, tanto Felipe V como Fernando VI encargaron las estatuas que debían coronar la cornisa pero, según la leyenda, la esposa de Carlos III soñó que estas estatuas –que simbolizaban la monarquía española- caían de la cornisa al suelo, lo que no era un buen presagio; sea por este motivo o simplemente por el peligro de que cayeran sobre alguna persona, lo cierto es que la mayor parte de dichas estatuas fue depositada en los sótanos de Palacio hasta que los urbanistas del siglo XIX pensaron que podrían cumplir una función estética. ¿Dónde?
Pues ni más ni menos que en la Plaza de Oriente, uno de los lugares más apacibles y, a la vez, llenos de vida de Madrid. Un lugar idílico que, sin embargo, no siempre ha sido tal, porque justo aquí se desencadenó el levantamiento del pueblo madrileño contra las tropas francesas el 2 de mayo de 1808 como se encarga de recordarnos una cercana lápida marmórea. Claro que en aquellos entonces la plaza no existía, y cuando las tropas napoleónicas dispararon a cañonazos contra los madrileños, éstos tuvieron que huir por las callejuelas cercanas que rodeaban el Palacio Real.
Quizá esta excesiva cercanía de las viviendas y negocios del “populacho”, o quizá el marcado sentido urbanístico del “rey intruso” José I, fue lo que indujo a que éste, una vez tomadas las riendas del país bajo su égida, acometiera un amplio programa de derribos a fin de dar lugar a un nueva futura plaza que, junto con idéntico proceder en otros lugares de la ciudad, le valió el mote de “Rey plazuelas”. Sin embargo, se habrían de esperar varios años para que el arquitecto Gonzalez Velázquez primero, y luego el famoso Pascual i Colomer, dieran forma a este nuevo espacio. Nuevo espacio muy diferente del actual, pues si bien a finales del XIX la plaza tenía una clara forma circular con las esculturas de los reyes españoles dispuestas a su alrededor, luego fue el turno de los vehículos los que ocuparon el lado junto al Palacio Real para, finalmente a finales de los ’90 del pasado siglo, convertirse en una plaza totalmente peatonalizada que es presidida por la famosa estatua ecuestre de Felipe IV realizada por el escultor Pietro Tacca (que también es autor de correspondiente a Felipe III en la Plaza Mayor) y que contó con la mismísima colaboración de Galileo Galilei para asegurar la estabilidad del caballo elevado sobre sus patas traseras.
En el otro extremo de la Plaza, y justo enfrente del Palacio, descubrimos el Teatro Real al fondo, como si se tratase de un potente telón de la plaza. Un Teatro Real del que, construido a mediados del siglo XIX, son de sobra conocidas las vicisitudes por las que ha pasado; y si ahora son tenores y sopranos de reconocida fama los que pisan por el lugar, antes lo fueron estudiantes de arte dramático e, incluso, de militares en busca de la pólvora que se almacenaba en el lugar. Sin embargo, el lugar estaba predestinado a que se convirtiera en lo que es hoy: ya en el solar que ocupa se situaba antiguamente el famoso Teatro de los Caños del Peral, aunque hasta la inauguración de “el Real” por la reina Isabel II, Madrid no contó con un teatro imponente a la altura de las grandes capitales europeas. Hoy en día, la importancia de las representaciones operísticas es tal que incluso en ocasiones se instalan pantallas gigantes en el exterior del mismo para que el púbico en general pueda “asistir” a funciones especiales, permitiendo con ello que este espacio lleno de vida se llene, aún más si cabe, de más arte.
Tarareando cualquiera de las óperas más conocidas, comenzamos a alejarnos de la Plaza de Oriente y, en un lateral, leemos una inscripción al pie de un bonito monumento: “Iniciado por mujeres españolas se eleva este monumento a la gloria del soldado Luis Noval. Patria, no olvides a los que por ti mueren”. Nos hemos detenido en seco. La inscripción llama la atención y levantamos la mirada. Encontramos a un soldado que avanza con paso firme, fusil al hombro, mientras una mujer –que representa a la Patria- sujeta una bandera que le protege. Es el Monumento al Cabo Noval, muerto en 1909 cuando, capturado por los rifeños marroquíes, dio la voz de alarma a sus compañeros salvando la posición del ataque enemigo. En el pedestal de esta estatua realizada por Mariano Benlliure, los aperos de labranza del ovetense recuerdan su tranquila vida que tuvo que dejar para servir a la Nación; desde luego, una alegoría sobre la que pensar mientras nos alejamos del lugar, justo ahora en un tiempo en el que el Estado, la Nación, la Patria, son conceptos tan endebles y poco apreciados.
Nos alejamos de la Plaza. El sol empieza ya a caer por poniente y sus tonos anaranjados acarician el Palacio Real y se reflejan sobre una bonita cúpula surgida como de la nada. Nos asomamos a ver los Jardines de Sabatini situados en unos de los laterales del Palacio Real y decidimos descansar en uno de sus bancos durante unos minutos. Retomamos el camino. Justo enfrente vemos de pasada un edificio moderno con la inscripción “Senado” a sus pies; detrás de esta moderna construcción se oculta el decimonónico Palacio del Senado que otro día descubriremos.
Pero, a pocos pasos de la fría entrada del nuevo edificio del Senado, una airosa construcción en ladrillo se levanta en la esquina de la calle Bailén y de la Plaza de España: el edificio de la Real Compañía Asturiana de Minas, un bonito edificio de finales del siglo XIX. El edificio se adapta perfectamente al esquinazo en el que se levanta, con dos lados asimétricos flanqueados por pequeños torreones; sin embargo, su parte central –justo la correspondiente a la esquina de la calle Bailén con la Plaza de España- es la más destacada con un torreón-faro que se eleva con sendos miradores en sus pisos inferiores. Simplicidad y belleza en la que se debió fijar la Comunidad de Madrid que tiene en este bonito edificio la sede de la Consejería de las Artes.
Seguimos caminando, ya a paso ligero pues el sol comienza a descender a paso rápido y tras cruzar el paso elevado sobre la Cuesta de San Vicente y tras pasar un moderno edificio situado a nuestra izquierda, nos sorprende una fortaleza. ¿O no es una fortaleza? Pues no, en realidad se trata de la Iglesia de Santa Teresa y San José, de los carmelitas descalzos. Una iglesia cuyas formas exteriores parecen hacer referencia al texto de la Santa titulado “Moradas del Castilo Interior” y en el que concibe el alma como un castillo compuesto por siete cámaras, correspondientes a 7 grados de oración, en el centro de las cuales espera Dios. El templo parece seguir esta idea: su exterior parece un castillo con almenas y torres defensivas, pero en la cúspide y resplandeciendo, se encuentra coronando la iglesia una bonita cúpula de vivos colores, la misma cúpula que hace no mucho rato brillaba con los rayos de sol del atardecer madrileño.
Justo en diagonal a la iglesia, y en un espectacular contraste de formas, se alza la Casa Gallardo, un bonito ejemplo de edificio modernista en Madrid. El edificio, construido en 1911, abre a nuestros ojos la zona de Argüelles, una zona bastante más amplia de la que en un principio fue proyectada en el Plan Castro. Sea como sea, este bonito edificio es de los pocos con ciertas influencias modernistas; claro que en Madrid denominamos “modernismo” a casi cualquier edificio construido entre finales del XIX y principios del XX y que se aparte de la corriente historicista predominante en Madrid en ese momento. Por supuesto que nada tiene que ver con el modernismo que triunfó en Barcelona, pero este edificio de la Casa Gallardo, con su clara fachada contrastando con el tejado en pizarra provoca un bonito efecto visual.
No disponemos a acercarnos un poco más para ver el edificio en detalle cuando, de repente, nos topamos con una escultura que parece haber surgido entre los árboles de los Jardines del General Fanjul. En ella observamos a un militar, herido, apoyándose en un cañón, mientras un chiquillo llora desconsoladamente junto a la rueda del mismo y sobre algunos hombres que yacen alrededor; en lo alto, la Gloria con una bandera acoge el conjunto. Se trata de un monumento del escultor Aniceto Marinas y que lleva por título “El pueblo de Madrid al dos de mayo de 1808”. El lugar no es casual: muy cerca de aquí, a pocos metros, las tropas napoleónicas fusilaban a varios patriotas españoles el 3 de mayo de aquel año. De nuevo nuestra Guerra de la Independencia sale al paso. De nuevo, las figuras representadas con motivo del primer centenario del levantamiento madrileño nos transmiten profundos ideales: la tristeza del chiquillo, el heroismo del oficial artillero protegiendo al niño mientras con su además indica querer seguir luchando, la Patria identificada con la bandera y, sobre todo ello, la Gloria que supone luchar por unos ideales y por la independencia de un pueblo.
Los últimos rayos de sol refuerzan estos pensamientos en un jardín habitualmente tan silencioso; a nuestra izquierda, la Casa Gallardo se muestra majestuosa; a su derecha, las formas del edificio de la Real Compañía Asturiana de Minas se ven reforzadas por la caída de la tarde. Hemos de avanzar al encuentro de uno de los mejores lugares de Madrid para ver el atardecer.
Nos dirigimos al Templo de Debod, el templo nubio traído desde Egipto como agradecimiento de dicho país a España por la ayuda de nuestro país en el salvamento de los templos de dicha región egipcia (entre ellos el famoso de Abu Simbel) cuando, con ocasión de la construcción de la Gran Presa de Asuán, se hubieron de trasladar los mismos para evitar que quedaran sumergidos. Finalmente, solo un puñado de países de entre todos los que lo solicitaron, obtuvieron como “premio” uno de estos templos, y aunque Barcelona, Elche y Almería también solicitaron que el Templo de Debod acabara en sus municipios, finalmente fue Madrid la ciudad elegida al ser la capital del estado, siendo reconstruido en la misma en 1972
El lugar destinado para su “reconstrucción” fue la Montaña de Príncipe Pío donde tiempo atrás estuvo el célebre Cuartel de la Montaña y antes incluso se había levantado un precioso pabellón de la Exposición de Agricultura en 1857 y realizado por Jareño en estilo neoarábigo.
Quizá no hayamos llegado a tiempo de entrar al interior del Templo (la visita es gratuita, con unos interesantes contenidos didácticos), pero desde el mirador que existe a pocos metros podemos ver cómo el sol se pone rápidamente. Es la mejor vista que se puede contemplar desde Madrid y aunque los que contemplamos la vista desde el lugar creemos estar gozando de un momento único, basta girar la vista para comprobar que cada uno estamos viviendo el nuestro, con sus ensoñaciones y proyectos, con sus recuerdos y nuevas promesas. La Casa de Campo se encuentra a nuestros pies; el horizonte se va difuminando con los tonos anaranjados del sol que se oculta por Poniente; es el momento de recordar todo lo vivido en el día mientras disfrutamos de este momento mágico.
Todas las fotografías son obra del autor del texto.
Bibliografía.
- Madrid, ciudad y arquitectura (1808-1898). Pedro Navascués Palacio
- Dibujos en el Museo de Historia de Madrid. Arquitectura Madrileña de los siglos XIX y XX”. Museo de Historia de Madrid
- La Catedral de La Almudena. Guía práctica e ilustrada”. Pedro Calleja. Ediciones La Librería
- Historiadel Cuerpo de Bomberos de Madrid: de los matafuegos al Windsor (1577-2005). Juan Carlos Barragán Sanz y Pablo Trujillano Blaco. Ediciones La Librería
- Folleto de visita del Templo de Debod. Ayuntamiento de Madrid.


